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La Navidad y la Primera enmienda

EL CORREO. 20.12.2020





  • por Javier Otaola

Todo aficionado al cine americano conoce la existencia de las Enmiendas a la Constitución federal de EE UU; creo haber oído en alguna ocasión a algún peatón pendenciero, bajo los efectos del alcohol, enfrentarse a nuestra Policía Municipal apelando, con convicción de abogado, a la Quinta Enmienda. Es cierto que esas Enmiendas constitucionales no son de aplicación en nuestra jurisdicción española ni europea, pero todas las constituciones dignas de ese nombre beben de la misma fuente moral y política: la defensa de las libertades civiles.

La Primera Enmienda protege los derechos a la libertad de religión y a la libertad de expresión sin interferencia del Gobierno. Prohíbe que el Ejecutivo apruebe leyes que establezcan una religión oficial o discriminen a alguna fe. La Corte Suprema, sin embargo, ha declarado constitucionales actividades del Gobierno relacionadas con la religión, como facilitar transporte en autobuses para estudiantes de escuelas parroquiales y permitir la aplicación de las «leyes de descanso dominical», o la presencia de clérigos en el ejército o instituciones públicas… La cláusula del libre ejercicio prohíbe que el Gobierno, en la mayoría de los casos -salvo delitos y faltas criminales- intervenga en la práctica religiosa de las personas.

La Primera Enmienda propugna una forma de respetuosa laicidad política que no impide en absoluto que EE UU sea -a pesar de Trump- uno de los países más libres y a la vez más religiosos y que de una manera más generalizada e intensa celebre, por ejemplo, la fiesta de la Navidad.

Hay que partir de que la Navidad es una fiesta religiosa y por lo tanto social, y diferenciar lo social de lo político-institucional. El genio del cristianismo se distingue de otras tradiciones religiosas por las palabras evangélicas: «Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César». Es decir, abordad las cuestiones seculares y del mundo de acuerdo con las verdades apalabradas en las instituciones políticas y civiles que ordenan el poder político -el César hoy es el conjunto del electorado- dando la palabra a todos y a todas, y abordad las cuestiones de la conciencia personal y de la salvación dando la palabra sólo a Dios en el foro de la conciencia. No puede haber, según el Evangelio, una 'sharía cristiana'.

Las instituciones políticas democráticas no pueden profesar una religión concreta pero tampoco anular la Historia, ni la libertad de los grupos sociales para crear sus espacios simbólicos y de relación; lo pueden hacer pacíficamente y bajo la tutela de la ley secular

Un entendimiento mediador y no doctrinario de la laicidad -como el que propone nuestra Constitución y confirma nuestra práctica institucional- nos debe llevar a comprender que lo político y lo jurídico no agotan toda la realidad social, sino que la ley debe reconocer su papel a la costumbre y la tradición. En lo referido a las fiestas, la sociedad civil tiene tanto o más que decir que las instituciones políticas, porque el ámbito de las fiestas y de los usos sociales tiene que ver con nuestra creatividad colectiva, que hunde sus raíces en la memoria colectiva y en la iniciativa social.

Lo lógico y lo razonable es que las fiestas públicas sean congruentes con la sociabilidad de nuestro país, sus nacionalidades y regiones, sus ciudades, sin que por ello padezca la laicidad del Estado; no solo EE UU bajo la Primera Enmienda sino también todos y cada uno de los Estados de la Unión Europea y más allá -Rusia incluida- celebran la Navidad, Incluso nuestra vecina y orgullosamente laica V República Francesa, patria de Robespierre y Marat, conmemora sin problemas también Todos los Santos y Pentecostés, sin dejar de recordar la Toma de la Bastilla o el Armisticio de 1918.

En nuestras sociedades secularizadas, democráticas y pluralistas, desde Nueva Zelanda hasta Reino Unido, desde Canadá hasta Argentina, y también en España, la Navidad es una fiesta confesional que celebramos los cristianos en común pero también una festividad profana, un acontecimiento social que nos implica a todos, creyentes e increyentes, católicos y protestantes, agnósticos y ateos, propios y extraños, mayores y niños.

Propugno desde hace años, a propósito de la Navidad, una comprensión inclusiva que signifique no sólo el Logos encarnado de nosotros los cristianos, sino también uno de los existenciarios básicos de todos los seres humanos: el reconocimiento de nuestra condición necesitada, de nuestro ser deficiente, de que, a fin de cuentas, fuimos -y seguimos siendo- seres indefensos y necesitados de cuidados en el momento de nacer, y lo seremos seguramente en el momento de morir. En ese simbolismo, todos y cada uno de nosotros fuimos ese niño-dios, adorado e indefenso en el pesebre.

En la Navidad nos agrupamos en el hueco de los afectos, en nuestras comunidades personales e íntimas pero también en aquellas más extensas del barrio, la ciudad, la comunidad nacional… para asegurarnos de la solidez del suelo bajo nuestros pies y recordar que fuimos niños acogidos en ese nido originario, y por eso constituidos por vínculos significativos con los otros. El calor de ese 'nido' de afectos protectores es, quizá, especialmente necesario en este año malhadado de la pandemia.

¡Viva la Primera Enmienda; y Feliz Navidad!

Javier Otaola.

Miembro de número de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.


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