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La excepcionalidad de la corona británica, por Javier Otaola





La imagen de Isabel II se refleja en el icónico edificio de la Ópera de Sidney. /EFE


Fue la cabeza visible del último imperio clásico y mantiene lazos institucionales con la mayoría de sus antiguos dominios




JAVIER OTAOLA

De la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País

Lunes, 26 septiembre 2022, 00:04 EL CORREO






La excepcionalidad de la monarquía británica y su estabilidad institucional tienen a mi juicio su origen en la precoz creación de un genuino Parlamento-con menos derramamiento de sangre y mucho antes que en Francia- con verdaderos poderes legislativos que fue reduciendo los de la corona a una función simbólica, configurando las Cámaras como poder representativo y sede de la soberanía popular en la llamada Revolución incruenta de 1688-1689 que derrocó al rey católico Jacobo II y lo sustituyó por una corona compartida entre su hija, la reina María y su yerno, el holandés Guillermo de Orange, [Imagen] ambos protestantes, que comenzaron a asumir el principio de la monarquía parlamentaria: el rey reina, pero no gobierna.


Otra de las excepcionalidades que distinguen a la corona británica es que habiendo sido la cabeza visible del último imperio político clásico, que comenzó a gestarse en tiempos de Isabel I y puede darse como extinto con Isabel II, ha logrado, sin embargo, mantener lazos institucionales con la mayor parte de sus dominios y colonias bajo la forma institucional de una mancomunidad, la Commonwealth, que tiene sus orígenes en la Conferencia Imperial de 1930, cuando el Gobierno británico reconoció ciertos derechos de autodeterminación de sus colonias e inició los trabajos que culminaron con el Estatuto de Westminster en 1931.


Hacia el interior la organización se administra por una secretaría general con sede en Londres, la actual secretaria general es Patricia Scotland, originaria de Dominique, isla caribeña emancipada de Reino Unido en 1978. Otras organizaciones anejas son la Fundación de la Mancomunidad (Commonwealth Foundation) y la Mancomunidad del Aprendizaje (Commonwealth of Learning) con sedes la primera en Londres y la última en la ciudad canadiense de Vancouver.


No ha existido ningún otro imperio que no haya terminado con sus exdominios y excolonias de manera violenta y con graves heridas y agravios que han impedido crear vínculos institucionales con su metrópoli. Solo me viene a la mente el caso excepcional del Imperio Británico.


La Commonwealth fue objeto de una dedicación intensa por parte de Isabel II, que participó en casi todas sus cumbres y realizó más de 200 viajes oficiales a los países miembros, entre ellos 16 a Australia, 6 a Jamaica, 3 a India y 22 a Canadá. El conjunto de Estados de la Commonwealth agrupan a unos 2.500 millones de ciudadanos.


Fue precisamente en Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, con 21 años en 1947, cuando Isabel II, todavía princesa, hizo su famoso juramento público de plena dedicación de su vida al servicio de lo que todavía en aquella época los ingleses llamaban «nuestra gran familia imperial». Y fue también en otro de los países de la Commonwealth donde Isabel tuvo conocimiento de la muerte de su padre, el rey Jorge VI, el 6 de febrero de 1952 y se convirtió en reina.


El principio de adhesión voluntaria a la Mancomunidad se proclamó en el momento de la Declaración Balfour, en 1926, en la que participaron Australia, Canadá, en aquel entonces también el Estado libre de Irlanda, Nueva Zelanda y la Unión Sudafricana.


Esa Mancomunidad se establecía bajo el principio de igualdad, según el cual Reino Unido y sus antiguos dominios establecían que eran «iguales en su estatus, en ningún modo subordinados unos a otros en ningún aspecto, ya sea en asuntos interiores o exteriores, sino unidos exclusivamente por una lealtad común a la corona, y libremente asociados en tanto que miembros de la Mancomunidad Británica de Naciones»





Cuando India se declaró independiente en 1947, convirtiéndose en república, a iniciativa de Jawaharlal Nehru [Imagen], la Mancomunidad se transformó para que el país pudiera seguir como miembro de la Commonwealth. Nehru fue de ese modo el verdadero inventor de la Commonwealth moderna, que a partir de la Declaración de Londres de 1949 estableció que no era condición de pertenencia reconocer la corona británica, de modo que los Estados republicanos con presidente de la república en la función de la jefatura del Estado podían y pueden mantenerse en igualdad de condiciones con los demás miembro.


A partir de esa fecha muchos de los integrantes se convirtieron plenamente en Estados republicanos, conservando su estatus en el seno de la Mancomunidad: Pakistán (1949), Ghana (1960), Sudáfrica (1961), Gambia (1970), Sri Lanka (1972)… mientras otros han seguido reconociendo a la corona como jefatura del Estado -Canadá, Australia, países del Caribe como Antigua y Barbuda, Bahamas, Jamaica, Saint-Kitts-et-Nevis, Santa-Lucía, San-Vicente-y las Granadinas, Granada o Belice-.


El futuro no está escrito, y nuestra mirada sobre el pasado es muchas veces cambiante, pero de la historia podemos aprender.



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