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Cuentos de Eva Arguía, por José Mari Imizcoz

Presentación de Marisol Ortiz de Zárate



Cuentos de Eva Arguía, PRESENTACIÓN DE MARISOL ORTÍZ DE ZÁRATE [1]

José María Imízcoz


Conocí a José Mari en el taller de escritura donde Javier Otaola, o Iñaki Bernaola, nos abrió las puertas de su sabiduría, su bagaje literario y su casa para que nosotros intentáramos abrir las de nuestra creatividad. Algunos, como José Mari, lo consiguieron.



[José Mari Imizcoz]

No quiero parecer panegirista, pero no me va a costar defender un libro con el que verdaderamente he disfrutado. Ya el objeto en sí, con esa portada de mujer pensativa sobre fondo azul, atrae a la lectura. Y el título: Cuentos. No aventuras ni crónicas ni memorias ni historias; cuentos, palabra cuya sola pronunciación nos invita a entregarnos a ese nirvana llamado suspensión de la incredulidad, estado mágico que producen las narraciones, si uno se sumerge convenientemente en ellas, y durante el cual, mientras dura, se puede creer absolutamente todo. El libro no defrauda. Su escritura serena destila una nostalgia plácida, femenina, casi sensual y tiene el tono de las confidencias. Su estilo limpio, transparente, convierte lo cotidiano en sublime y nos coloca en un escenario permeable por el que se filtran microcosmos del hoy y del ayer. Su lenguaje económico, aséptico, ajustado, no genera desconfianza, sino paz. Quizás porque José Mari ha escrito estos cuentos sin presión, solo por el gusto de hacerlo. Son, en efecto, relatos evocadores que no permiten que las horas, en silencio, vayan elaborando el olvido. Relatos melancólicos que suceden en invierno, en días grises, lluviosos, de cielo plomizo, relatos que empujan al recogimiento de la lectura en casa con una manta de cuadros sobre las piernas.



Los Cuentos de Eva Arguía son tan variados que, si no fuera por algunos rasgos de estilo que los identifican, parecerían escritos por muchas personas, muchas Evas (o muchos Josemaris), que desmenuzan sentimientos, recuerdos, anécdotas conforme las clases en el taller de Iñaki Bernaola, o de Javier Otaola, avanzan. Cuentos construidos de lances, de impulsos, de imágenes, de soplos. Porque Eva guarda tantas Evas que puede desdoblarse, multiplicarse para, finalmente aparecer como un personaje que juega a ser una autora desde la que nos explica sus sensaciones ante la práctica de la escritura creativa. Pero atención: los Cuentos de Eva Arguía son la puerta de entrada a un laberinto de emociones. ¿Encontraremos, si nos adentramos los suficiente, la salida?


José Mari adopta a veces un estilo barojiano para crear nuevos personajes a partir de personajes, y entonces estos dejan de interesarnos para poner nuestra atención en los nuevos. Queremos saber a dónde fueron a parar Tata, Tato y Taíto. Nos interesa cómo acabó el padre enfermo de Manuel o qué le pasó al padre de Feúcha cuando volvía al atardecer en el Patrol. ¿No sabía acaso que su niña era repudiada por los otros niños? ¿Qué era maltratada por esa madrastra que en lugar de llamarla por su nombre, le decía “tú”?


Todo el libro es un homenaje a los poetas y a su vez, un José Mari altamente poético aflora en estos cuentos. Las referencias literarias y musicales son constantes y para situar muchas de ellas hay que haber leído o escuchado previamente a sus autores. Con ello Eva se aleja de la jactancia y nos recuerda que, culturalmente, nos coloca a su mismo nivel. Ella, que se ríe de los intelectuales posmodernos, pero escribe poemas misteriosos y literarios. Esa Eva Arguía que yo imagino tomando notas durante un paseo por un Belén monumental, sonriendo condescendiente, para después, con un leve vaivén de cabeza, agitar su melenita parisina. No, Eva, no moralizas, no resultas plúmbea cuando filosofas porque, al ser más de definiciones que de contenidos, alteras la abulia mental e incitas a querer saberlo todo sobre aquello a lo que te refieres.


El libro también se pasea por el género de la novela, siete capítulos que José Mari conecta hábilmente con los cuentos, elaborando así un hilo narrativo coherente que encaja como zapatito de cristal al pie (de Cenicienta). Con un estilo cercano, dialogado, muy de novela negra José Mari aprovecha para criticar esa jaula de fieras, esa batalla de egos que tan bien conoce: la Universidad y, en definitiva, como ya hicieran tantos autores, también a la sociedad de su tiempo.

[Marisol Ortíz de Zárate]

Quizás porque conozco a José Mari me costaba tanto ver en Eva solo a Eva, el poliédrico personaje hecho de planos y contraplanos, abiertos unas veces, cerrados otras, como un mapa de curvas de nivel.

Desde el principio de la lectura y como en el juego del “pilla-pilla” me propuse averiguar en qué Eva, más se escondía José Mari, pues estoy al corriente de ese arrebato un poco pretencioso que lleva al escritor a querer formar parte de su historia. No parecía difícil. Cuesta poco imaginarte, José Mari, detrás de esa profesora de literatura graduada en la Sorbona que en el verano de sus diez años jugaba a los piratas en el paraíso de Argaray y que ahora lo cuenta con un inevitable sentimiento de caducidad y de pérdida. O poniendo la voz a Gorgorito escamoteado tras un tenderete de sillas y mantas que hacía las veces de guiñol. ¿Cuál de las muchas voces de Eva es la tuya? ¿La de la nostálgica? ¿La de la narradora de cuentos? ¿La hilarante? ¿La de la poeta que siente la iluminación acurrucada bajo ese edredón que es un campo de flores? ¿Es tu voz la ensoñadora que desgrana las imágenes superpuestas del pensamiento y la memoria, como en un texto de Proust? ¿O la cínica de las alegorías en las que no cree? ¿Tal vez la desencantada ante las guerras que el pueblo nunca gana? ¿La sugerente que provoca a su amor, como una Eva bíblica? ¿Estás, José Mari, detrás de esa Eva inspirada que frunce el ceño porque el cacareo humano de los lugares donde escribe le impide la concentración? ¿O eres, tal vez, el caballero de capa y sombrero que queda fascinado por la belleza de una forma de narrar, por los ojos negros de Cristina? ¿Eres la voz escolástica que describe las itinerancias intelectuales a que le llevan las conversaciones con su “sobrino” Javier? Y pongo sobrino entre comillas, porque también Javier, el hijo de José Mari, parece inmiscuirse en algún cuento.


Pues eso, José Mari, que me gustaría saber si te he descubierto, si lo he logrado, pero cuando siento que te he pillado y que al final te tengo contra las cuerdas dices: “Casa” y libras “por mí y por todos mis compañeros”

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