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Rusia sin Putin


Tony Wood, autor del libro Rusia sin Putin, sostiene que, por primera vez, de una manera real en la última década el poder del presidente Putin tiene que hacer frente a un desafío sostenido y también por primera vez Putin no tiene todos los triunfos en sus manos. El coraje de Alekséi Navalni desafía democráticamente el liderazgo antiliberal de Putin.


Rusia tiene previstas unas elecciones a la Duma en septiembre de este año, y la oposición que se agrupa en torno a Alekséi Navalni ha planteado una estrategia de voto para desafiar al partido de Putin, Yedínaya Rossíya (Rusia Unida) — que tiene en estos momentos, en los sondeos una intención de voto del 30% —, proponiendo que en cada circunscripción se vote preferentemente al candidato de aquel partido —cualquiera otro— que tenga más posibilidades de desbancar al candidato de Putin.


Alekséi Anatólievich Navalni [1] es mi héroe; fue víctima el pasado verano de un envenenamiento criminal y salvó su vida in extremis, por la pericia de los médicos alemanes que le atendieron y a pesar de ello, superados los efectos del envenenamiento tuvo el valor de volver a su país, y la respuesta del Kremlin fue acusarle de incumplimiento de las condiciones de libertad condicional por haber salido de Rusia, aunque fuera para ser atendido médicamente y salvar su vida; de modo que fue detenido el 17 de enero, sometido a un juicio rápido, en relación con una sentencia de 2014 que la Corte Europea de Derechos Humanos ya consideró “arbitraria y manifiestamente irrazonable”.


El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha pedido la "liberación(...) con efecto inmediato" de Alexei Navalni, y lo ha hecho por el grave peligro que corre su vida si permanece en las instalaciones penitenciarias. A juicio del Tribunal, el Gobierno ruso no le ofrece condiciones de protección. La intervención del Tribunal Europeo de Derechos Humanos acredita que en efecto la vida de Navalni corre peligro y que debe ser provisionalmente liberado.



El Tribunal tiene jurisdicción sobre los actos del Estado ruso, ya que en la década de los 90, este firmó la Convención Europea de Derechos Humanos (con algunas reservas) y, desde 1998, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo es la última corte de apelación para los ciudadanos rusos en su sistema nacional de justicia.

El Kremlin se juega, de alguna manera, su prestigio como Estado de Derecho que quiere ser, —o al menos parecer— y ese título viene avalado por su adhesión a la Convención Europea de Derechos Humanos y su aceptación de las decisiones del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.

¿Por qué esa saña del Kremlin contra Alekséi Navalni? Quizá sea porque no se ha acobardado y ha llamado a sus conciudadanos a no resignarse y a manifestarse por la libertad, se ha atrevido a defender su causa ante los jueces que le condenaron y el pasado día 2 de febrero concluyó su alegato diciendo “Putin pasará a la historia como el envenenador”.

El día 2 de febrero editorializaba el New York Times señalando que a pesar de la diferencia de fuerzas en presencia nos encontramos ante un duelo en el que el pequeño Navalni/David, gracias a su coraje y perseverancia ha puesto al Putin/Goliat a la defensiva. El coraje civil de Alekséi ha dado valor a muchos demócratas rusos, que han salido a las calles por decenas de millares, además la circulación en You Tube de un video que muestra el lujo extremo de un palacio de Vladimir Putin, en el cabo Idokapas, a orillas del Mar Negro, ha excitado el descontento social y ha puesto de manifiesto una vez más la mentalidad KGB de Vladimir Putin, amurallado en un sistema corrupto hecho de favores, ilegalidades y secretos.

La nueva administración Biden y varios Gobiernos Europeos han condenado el encarcelamiento de Alekséi Navalni y pueden llegar a acordar sanciones; pero lo decisivo en la resolución de este duelo político no será lo que venga de fuera; Rusia es un país enorme que se extiende desde su frontera con la Unión Europea hasta el mar de Japón y la frontera con China, con una conciencia muy viva de su importancia cultural, científica y política, que se siente el centro de los pueblos eslavos y alimenta una susceptibilidad nacionalista contra la influencia occidental, la esperanza hoy es que las fuerzas sociales que pueden poner algún límite al poder absoluto de Putin y abrir espacios de libertad democrática en la Gran Rusia brotan de la propia sociedad rusa; esa oposición democrática está extendida con 40 oficinas públicas a lo largo de todo el país y millones de seguidores entre la gente joven que nunca hasta ahora se habían confrontado al Kremlin, rusos y rusas que se mueven entre los 18 y 24 años y entre los cuales Putin está perdiendo apoyos.




Javier Otaola. Escritor y abogado.



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