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Quelqu'un m'a dit que tu m'aimes encore

Versos de amor | El Correo. 13/02/2021



"Me dicen que nuestras vidas no valen gran cosa,/ que pasan en un instante; igual que las rosas se marchitan./ Me dicen que el tiempo se desliza, y es un canalla/ que con nuestras tristezas se hace una capa./ Sin embargo alguien me ha dicho que tú todavía me amas... ¿Será entonces posible...?». Estas poéticas palabras son una especie de reflexión existencial sobre un amor perdido y sorpresivamente recuperado en el tiempo, que suenan maravillosamente cuando las canta, susurrante, Carla Bruni ('Quelqu'un m'a dit', Alguien me ha dicho).


Frente a la acariciante voz de Carla Bruni, los desengañados y amargos versos de Michel Houellebecq ('El Amor, el amor'):


«Me dirijo a todo aquel que nunca haya sido amado./ Que nunca supo gustar;/ Me dirijo a los ausentes del sexo liberado/ y del placer corriente./ No temáis, amigos, vuestra pérdida es mínima;/ El amor no existe en ninguna parte. /Sólo es una broma cruel de la que vosotros sois víctimas...».

Como resumen de ese conflicto de esperanzas y desengaños, la canción de Amanda McBroom, divinamente cantada a capela por los King's Singers:


«Cuando la noche ha sido demasiado solitaria/ y el camino ha sido demasiado largo/ y piensas que el amor es solo para los afortunados y los fuertes/ solo recuerda en el invierno, bajo las amargas nieves/ donde yace la semilla que con el amor del sol/ en la primavera se convierte en la rosa».

Son innumerables los poetas que han versicado el amor, exaltando su extraño poder, casi divino: el 'Cantar de los Cantares', Garcilaso, Quevedo, Lope, Shakespeare, Goethe, sor Juana Inés del Cruz, Virginia Wolf, Wisława Szymborska...

El poder redentor del amor se cifra en esa capacidad que tiene para darnos valor: el amor nos rescata de la indiferencia con la que nos considera el mundo y nos abre un lugar al calor y al reconocimiento. Sólo somos -como seres humanos- en la medida en que amamos y somos amados en cualquiera de los modos del amor. Nos da oxígeno y nos nutre psíquicamente. Sin ese amor que nos acogió al nacer, nos arropó, nos nutrió, sin esos ojos que nos miraron afectuosamente, sin esas manos que nos acariciaron habríamos perecido. Si cuando fuimos adolescentes no hubiéramos encontrado la amistad de nuestros iguales nos habríamos despreciado a nosotros mismos, si no hubiéramos sido besados y abrazados, si no hubiéramos besado o abrazado, el corazón se nos habría helado.


Nuestra condición existencial nos exige saber a qué atenernos; como decía Ortega, aspiramos a entender, a caminar de lo oscuro a lo claro, pero más primordialmente somos seres afectivos y amorosos; necesitamos, como el agua y el aire, el amor que nos alimenta. En cuanto cubrimos nuestras necesidades básicas buscamos amar y ser amados. No es una opción entre otras, sin ese amor morimos psíquicamente.

Los neurólogos tienden a reducir la poética del amor con una explicación que relaciona la atracción sexual con el nivel de testosterona en el córtex cingulado anterior, aunque no queda claro si es el estímulo del amor el que excita la producción de testosterona en el córtex o es más bien al revés, y tampoco queda claro por qué la atracción amorosa es selectiva frente a la mera atracción sexual que es torrencial.


Numerosos estudios en neurociencia indican al parecer que, a medida que las personas nos enamoramos, el cerebro secreta en crecientes cantidades una serie de sustancias químicas, incluyendo feromonas, dopamina, norepinefrina y serotonina, que actúan de forma similar a las anfetaminas, estimulando el centro del placer del cerebro y produciendo efectos colaterales tales como aumento del ritmo cardíaco, pérdida de apetito y sueño, y una intensa sensación de excitación.

El amor, como nosotros tiene edades, es niño, adolescente, joven, maduro y en todas ellas tiene su química y sus anhelos; hasta el matrimonio tendría su propia explicación hormonal, el cariño o apego, lazo amoroso de larga duración que permite la continuidad del vínculo entre la pareja, estaría relacionado con la oxitocina y la vasopresina.

Esas explicaciones hormonales, nos iluminan, pero no desentrañan el misterio último del que hablan los versos y cantan los poetas; explican lo que ya sabemos -que hay una química y una psicología del amor- pero no nos aclaran lo sustancial. ¿Quién, de qué manera, cuándo y por qué?



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