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Montaigne y la peste





Estos dos años de lucha contra el Covid 19, con restricciones, confinamientos, limitaciones, vacunas y muertos nos han recordado de una manera abrupta lo frágil de nuestra condición y nos han retrotraído a tiempos históricos próximos y lejanos en los que nos las hemos visto con otras plagas: tifus, gripe española, viruela, cólera, poliomielitis...


Las plagas y la Humanidad nos hemos encontrado en muchas ocasiones.






Cuando la peste azotó en julio de 1585 Burdeos en el último mes de su mandato como alcalde por designación real, el autor de los "Ensayos" decidió proteger a los miembros de su familia, y huir con todos ellos fuera de la región para evitar su infección. Entre esos miembros estaba su madre anciana, de origen español, con la que por cierto nunca se llevó bien, a diferencia de con su padre, con el que mantuvo un fuerte vínculo de admiración. Su castillo de Montaigne y sus campos quedaron abandonados: labriegos, vecinos, todos los que pudieron marcharon huyendo de Burdeos, una ciudad que había quedado paralizada por la plaga y a la que la peste castigó duramente llegando a contabilizarse al fina de la plaga 14.000 muertes, de una población estimada en 50.000 habitantes.


Nosotros, en estos dos años de Covid, en unas sociedades infinitamente más desarrolladas económica, científica, social y políticamente, en nuestra medida, hemos experimentado también desconcierto, hospitalizaciones, muertes, cierres de universidades, comerciantes amenazados de bancarrota, hospitales saturados..., y podemos entender lo que pudo suponer la peste de Burdeos de 1585.


Montaigne un pequeño noble de toga con algunas propiedades agrícolas, filósofo y diletante de vocación, a unos días para ultimar su mandato decidió salir de la región y salvar a su anciana madre, a su mujer y a su única hija y a algunos criados familiares, y también a sí mismo, montar a su familia, con víveres y enseres en carretas y a marchar por los caminos de Francia sin rumbo fijo y sin un plazo determinado —resultaron ser seis meses —esperando la remisión de la peste.


“Fuera y dentro de mi casa, fui asaltado por una plaga de lo más violenta”, escribe Montaigne en el libro III de los Ensayos, en el capítulo 12, titulado “La fisonomía”. Se fue, dejó su terruño y su casa sin guardia y abandonada. Los Montaigne vagabundearon como muchos otros en condiciones azarosas e incómodas, en un medio inseguro y en una situación incierta a la espera de que todo pasara


Como buen lector de los clásicos de la Antigüedad, Montaigne conocía las instrucciones del famoso Galeno, que llegó a tratar al emperador filósofo Marco Aurelio, y que para casos de epidemia recomendaba “irse rápidamente”, “irse lejos” y “volver tarde”. Cuando no hay remedios conocidos para evitar la epidemia, cuando no se sabe curarla ni prevenirla lo único razonable es alejarse de ella.


Le quedaban aún unos días de mandato como alcalde de Burdeos, —un cargo de designación real, y sin retribución—, que concluía el 30 de julio; sin embargo, Montaigne lo ponderó y meditó y decidió marcharse antes del vencimiento del mes. Montaigne que había mostrado celo en su desempeño como alcalde, un cargo a la postre honorario, además de coraje y habilidad al servicio de sus conciudadanos, finalmente escribió una carta, sin gloria, para anunciar que no iba a quedarse en la ciudad simplemente para pasar los poderes a su sucesor.



Stefan Zweig, su biógrafo, escribió que Montaigne habría menoscabado, al menos parcialmente, su honor y dignidad al no cumplir con su papel de alcalde hasta el final. Los que le defendemos señalamos que en realidad no huyó de la ciudad ya que en el momento de la plaga se encontraba de hecho ya fuera de ella, en su terruño de Montaigne. Lo que hizo fue negarse a regresar a la ciudad cuando sólo faltaban unos días para que terminara su mandato, por lo que ya no estaba realmente en el cargo y nada efectivo podía hacer, a parte de arriesgar su propia salud y la de su familia. Yo desde luego como admirador de Michel de Montaigne creo que hizo bien y que un retorno simbólico al corazón de la plaga hubiera sido un sacrificio inútil, quizá heroico pero insensato y sin provecho para nadie; hubiera sido una vana grandeza, y de morir, nuestro querido Montaigne nos habría privado del Libro III de los Ensayos, precisamente el que contiene las mejores páginas de toda su obra.


Es significativo que 20 años atrás en otro episodio de peste que asoló la Gironda, Montaigne ya demostró sobrado coraje cuando acompañó a su amigo del alma, Étienne de la Boetie quedándose junto a su lecho de enfermo hasta que expiró, y donde Montaigne corrió el riesgo de sucumbir también víctima de la infección. Pero si al acompañar a de la Boetie cumplió con un deber de amistad, en esta segunda ocasión no había una causa ni privada ni pública que justificara ese riesgo cuando su mandato estaba ya de facto concluido y su familia necesitaba sin duda de su ayuda más que su ciudad, sin contar con que todavía tenía tanto que escribir.


Hizo su elección, y a mi juicio fue una elección, quizá no gallarda, pero justa y razonable.


Esa decisión en última instancia, fue también una lección de sabiduría práctica y de decisión ponderada. En esta ocasión Montaigne se negó a ser constreñido por meras normas reglamentarias y decidió ponderar todo lo que había en juego en ese momento, dejándose guiar por el curso de los acontecimientos y los movimientos del corazón. No le era exigible otra conducta.




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