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Luis Algorri

Luis F. Pérez Algorri (León, 8 de mayo de 1958) es un escritor y periodista español. Se licenció en Historia e Historia del Arte en la Universidad de Oviedo. Hizo el Master de Periodismo en la Universidad Autónoma de Madrid/El País en 1988. Luis Algorri, que es como firma sus artículos, ha trabajado en diversos medios, como El Independiente, Tiempo de hoy, El Confidencial, Diario16, ZoomNews, El País… actualmente colabora en VozPópuli y en 20Minutos. Fue miembro del Gran Consejo Simbólico de la GLSE entre 2015 y 2017, y hoy forma parte del equipo de comunicación de la Gran Logia.



Conozco a Luis Algorri desde…, ya ni me acuerdo.


1.- Un viejo adagio gremial dice que “lo que hacemos nos hace”: ¿qué cosas has hecho y has deshecho a lo largo de tu vida que han terminado perfilando lo que eres?


Eso es muy difícil de decir porque mi vida ha sido larga. Pero no sería demasiado errado definirla como una interminable serie de tumbos sin un plan establecido. Uno de mis peores defectos ha sido siempre la confianza en el entorno, en “las instituciones”, en que todo, al final, iría bien; que en el caos había un orden subyacente y que este era, por así decir, favorable a mí. Qué idiota he sido. Y qué vago, porque esa confianza en la corriente me invitaba a no remar yo todo lo que indispensablemente debía para conducir mi propia vida…


Durante décadas me he movido por impulsos, por intuiciones, por apasionamientos repentinos. El deslumbramiento por las clases de una profesora de instituto me empujó a estudiar Historia y luego Historia del Arte, terrible error que he pagado muy caro porque yo estaba intelectualmente predispuesto hacia el Derecho, que es lo que estudian las personas decentes y sensatas, las que piensan en el drama de la vejez. Pero yo no he sido nunca sensato; decente, pues alguna vez. Luego abandoné el estudio de la Historia y, por una oportunidad entonces muy ilusionante, me hice periodista, oficio que ahora sé que nunca me gustó y que cada vez me gusta menos, porque se ha deteriorado en estos últimos años de una manera espantosa. Siempre empiezo cosas que no termino, como me sucedió con la Música… El niño frágil que sigue viviendo en mí se acostumbró muy pronto a deslumbrar a los demás con hechos concretos y siempre breves, con escritos, con músicas, luego con artículos, algún libro… Pero eso me bastaba, el aplauso inmediato, el reconocimiento de la brillantez, el cariño que brotaba y que me hacía dichoso. Nada tenía continuidad, en nada perseveraba. No he sido constante, al menos hasta hace trece años. Mi vida ha dado bandazos brutales por culpa del amor, asunto en el que he tenido una suerte horrible: siempre creí en el amor perdurable, incluso en el matrimonio para toda la vida, porque eso fue lo que vi en mi casa. Pero no lo conseguí. Me han atizado más palos que a un mulo de carga y los momentos de felicidad, o al menos de confortable sosiego y compañía, han sido escasos… Y al final, después de tanto trajín, se va a cumplir la peor de mis pesadillas, que siempre fue morir solo.



Pero algunas veces sí tuve suerte. Una, cuando me engañaron para cantar en un coro, que fue algo que me cambió la vida. Y otra, la mejor, cuando mi amigo Miguel Veyrat me engolosinó con la Masonería, que me la volvió a cambiar. Me ilusioné mucho: siempre he tenido debilidad por las causas románticas, antiguas, librescas y, en la mayor parte de los casos, perdidas. Me costó muchísimo tiempo y muchísimo esfuerzo, pero conseguí que me dejasen entrar. Ahí encontré durante años lo que, sin saberlo, buscaba: un camino áspero, largo y difícil, que te obliga a conocerte y a no ser taimado ni mentiroso en las respuestas que das cuanto te interrogas sobre quién y cómo eres. Mi opinión sobre mí mismo no es buena, como ves: eso se lo debo al segundo Grado… Quizá por eso, en la Masonería se me quitó lo poco o mucho (seguramente era mucho) que me quedaba de vanidad. Aprendí a distinguir la amistad de la fraternidad, cosa difícil. Me quité de encima el peor de mis defectos, del que te hablaba antes y que ahora, al final, ha regresado a caballo de la depresión: la inconstancia, el hacer algo breve y muy brillante para obtener el aplauso efímero, pero después no proseguir ese camino, que es lo que me ha pasado con la escritura. En la Masonería me entrené, con inaudito dolor, en soportar las pérdidas personales, algo que llegué a creer que ya sabía hacer. Me volví disciplinado (al menos algo más disciplinado), trabajador y completamente alérgico a alabanzas e incluso a gratitudes: me ponen enfermo, aunque la gratitud sincera sé que, en el fondo, la necesito. Durante mucho tiempo desarrollé una empatía muy hermosa que ya he perdido casi del todo. Comprendí que, como se ríe algunas veces mi padre cuando dice esto, “santos, lo que se dice santos, vamos quedando cada vez menos”…


Pero debo decir, — con penas y alegrías— porque es la verdad, que en definitiva he sido muy feliz en la Masonería. Muchísimo. Tú sabes mejor que nadie que no puede darse lo uno sin lo otro, la dicha sin el dolor. Es el damero, el blanco y el negro. El autoesclarecimiento que implica el método ha sido, para mí, un desastre, porque lo que he descubierto debajo de tanta mentira y de tanta autojustificación no me gusta nada… Pero me he acostumbrado a aprender, a ayudar, a trabajar mucho, a escuchar, a ponerme en los zapatos del otro, a tener más paciencia que la que he tenido jamás… No sé si me habré convertido en una buena persona, pero sí, es verdad lo que dices: lo que haces, te hace. Así que la causa perdida no era la Masonería. La causa perdida soy yo.




2.- ¿Cómo has vivido el aciago y enorme acontecimiento de la pandemia de Coronavirus? ¿Qué papel crees que han jugado los Medios de Comunicación y la prensa en particular en su gestión y comprensión? ¿Qué crees que va a cambiar social y políticamente después de este trauma colectivo?


Esto es difícil de decir porque, como bien sabes, Platón dejó dicho que una cosa son nuestras percepciones y otra es la realidad. Yo creo que lo he llevado bien, ahora que ya se termina o que al menos hace una pausa. Para mí no es un esfuerzo insoportable no salir de casa. Hace años que salgo ya muy poco, “sobre todo por la noche”, como decía Savater. Y me he acostumbrado razonablemente bien a prescindir de la libertad de llamar a los amigos, o a los hermanos, para vernos un rato y cenar por ahí; en Zerain, si puede ser. Pero sí tengo la clara conciencia de estar viviendo un momento sin duda histórico, algo semejante (aunque mucho más breve, menos mal) a lo que la generación de mis padres vivió con la guerra civil y con la posguerra. Algo que nos ha brindado a todos la oportunidad de cambiar el mundo…


Pero soy pesimista. Creo que eso no sucederá. El sufrimiento que hemos padecido y estamos padeciendo todos, como individuos y como sociedad, es muy intenso, pero no va a ser lo suficientemente largo como para que aprendamos las lecciones más importantes de este episodio. Esto lo aprendí de Kiko: en 1945, cuando acabó la segunda guerra mundial, nadie quería volver a la realidad de 1939. Nadie. Todo el mundo quería otra cosa: un mundo nuevo, una sociedad pacífica y solidaria, justa y perfecta… En poquísimos años nació la ONU, se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cobró un impulso extraordinario la construcción de Europa, tres ideas prodigiosas… Pero es que la devastación, la guerra que provocó la mayor indignidad de la historia humana, como dice Santi Castellà, ¡duró seis años! Si hubiese durado tres o cuatro meses, la gente habría hecho lo que está haciendo ahora: planes para las vacaciones. Buscar cómo recuperar lo perdido, todo lo perdido, lo que había antes, tal y como estaba.


Fíjate en nuestros políticos. Dos meses después de que comenzase el confinamiento, ya han vuelto a las andadas. Al menos la inmensa mayoría. Vuelven a insultarse, a mentirnos, a manipular nuestra opinión, a vocear, a azuzarnos a unos contra otros, pensando todos en cómo sacar tajada electoral de este desastre. No han aprendido nada. Los estadistas, los grandes hombres, se forjan muchas veces en las tragedias: Churchill, De Gaulle, Schumann, Adenauer, De Gasperi, todos aquellos. Pero nuestros políticos de ahora, repito que con excepciones, son los mismos que había antes de la pandemia y se comportan igual que antes, porque nosotros también somos los mismos y queremos que vuelva lo que había antes. Esto del Covid-19 ha sido demasiado breve como para que nuestra sociedad aprenda ninguna lección, cambie de rumbo, levante nuevos sueños de nuevos horizontes.


Nuestros medios de comunicación se están comportando, por lo mismo, igual que antes: desde la victoria electoral de Zapatero en 2004, en España tenemos casi nada más que “prensa de trinchera”. Están los nuestros, que somos los buenos, y los enemigos, que ya no adversarios; o estás conmigo o estás contra mí. Muchos hijos de perra se han dado cuenta de que venden más periódicos, u obtienen más visitas a su página, encabronando a la gente que ayudándola, mintiendo que diciendo la verdad, chillando que reflexionando. Y no dudan en hacerlo. También durante esta terrible crisis. Hace ya más de década y media que nos informamos todos, muy mayoritariamente, por internet, y eso es terrible: Facebook, YouTube y sobre todo Twitter han convertido a cientos de miles de tuercebotas –tú dirías belorciosen “periodistas” de pacotilla, y esa gente no duda en calumniar, en escupir y sobre todo en mentir, en engañar deliberadamente a la gente, para conseguir más popularidad o más seguidores; algo que, como también dice mi padre, “les llena el culo de satisfacción”, porque otra cosa no tienen. Lo espantoso es la cantidad de gente que se cree todo lo que ve escrito en “letras de molde”, que se decía antes.


¿Qué va a cambiar después del virus? Soy pesimista, lo siento. Al menos en nuestro país, la inmensa mayoría de los ciudadanos nos hemos comportado como personas ejemplares durante unas cuantas semanas; pronto volveremos a la rabia, que parece nuestro estado natural; diríase que lo estamos deseando. La estructura socioeconómica de nuestro país (o la del mundo) no va a alterarse en absoluto: está bien amarrado eso. La política, por lo tanto, tampoco. Lo que sí puede que ocurra es que tendremos mucho más miedo unos de otros. Y ese es el caldo de cultivo ideal para la proliferación de fanáticos, salvapatrias y todo género de sinvergüenzas. Es posible que, dentro de unos meses, la buena gente, que es muchísima, llegue a añorar el tiempo en que estábamos encerrados y salíamos todos los días a las ocho de la tarde a la ventana para aplaudir, para saludarnos, para sentirnos buenos, para compartir un poco de afecto.


3.- El hecho de que la pandemia haya sido como su propio nombre indica global nos ha obligado a leer prensa digital internacional, (New York Times, The Guardian) para tener conocimiento de primera mano de lo que sucedía, y hemos descubierto la potencia de fuego de los grandes medios de comunicación USA y UK ¿Qué juicio comparativo tienes de la calidad de nuestros medios de información y comunicación? ¿Quiénes son —si los hay— nuestros grandes opinadores? ¿Cómo podemos defendernos de los trolls ? ¿De donde salen tantos bulos y patrañas?


La potencia de fuego, como muy bien dices, de los medios de comunicación más poderosos es enorme. Y no lo es por la calidad de su información sino por la capacidad difusora de su opinión. Siempre ha habido manipulación de las personas desde los medios. Sí, pero nunca como ahora; porque la tecnología ha logrado casi personalizar los mensajes que se emiten, escoger a un público al que se conoce perfectamente, diseñar con toda precisión mensajes que se tiene casi la certeza de que serán inmediatamente deglutidos por aquellos a quienes te diriges. Son técnicas que proceden de la publicidad pero que ahora, con los nuevos medios tecnológicos en el procesamiento de datos y en el control casi absoluto sobre nuestros gustos, aficiones, querencias y también malquerencias, se ha vuelto irresistible. Y eso es la perversión de la democracia tal y como la hemos conocido.



La acción política de personajes como Trump, que parece sacado de una historieta de Mortadelo y Filemón, que es como Jesús Gil pero con un poco más de pelo y menos panza, jamás habría sido presidente de Estados Unidos sin la perversa inteligencia de un neofascista como Roger Ailes, el factótum de Fox News, que lo elevó desde la nada hasta las más altas cotas de la indignidad, que es donde está ahora. Y lo hizo manipulando impecablemente (Ailes era un miserable pero también un genio) la opinión de millones de norteamericanos… que él sabía muy bien que podía manipular. Se dirigió nada más que a aquellos a los que sabía que podía fanatizar; el resto de los ciudadanos no le importaban un rábano, él mismo lo decía. Usó para ello prensa pequeña, de barrio o de pueblo, que en EE UU abunda; pequeñas televisiones locales y desde luego mecanismos informáticos de última generación. Atizó el miedo de la gente, pero también su individualismo: si no lo inventó, incendió en muchísimos lugares pequeños un sentimiento de recelo (y a renglón seguido de miedo, y luego odio) al Estado, a la comunidad grande, a los intereses generales, a los otros que no son de los nuestros y que no creen en nuestros ídolos y que no cantan nuestras canciones y que no viven aquí. Sí, es algo muy parecido a lo que se ha conseguido en el País Vasco y en Cataluña. Ailes tuvo la inestimable ayuda de otro autócrata como Putin y su legión de ingenieros de la manipulación informática de las masas. Y lo hizo pasándose por el arco de triunfo toda norma ética, todo principio moral, todo sentido del Estado. Eso no le importaba. Eso no daba dinero. Eso no daba poder. Roger Ailes ha sido el Joseph Goebbels del siglo XXI. O uno de ellos, porque hay unos cuantos más. Pero quizá no tan inteligentes.


Algunos de nuestros medios de comunicación actúan exactamente igual; lo que pasa es que tienen, al menos por ahora, menos poder o menos presencia en la sociedad. Pero la manipulación de la opinión pública de TV3, por ejemplo, se estudiará en las facultades de periodismo dentro de veinte años, junto a Fox News, Russia Today, el Pravda y otros medios parecidos. En España, hoy en día, es casi imposible mantener un medio de comunicación que no sea partidista, que no esté en una trinchera política. La información pura y la opinión plural no venden. El insulto y la falacia, sí.




En España y en nuestro tiempo reciente, todo esto empezó (mejor sería decir que reventó, porque ha existido siempre), tú lo recordarás bien, con Jiménez Losantos, inmediatamente después de la victoria socialista en 2004. Aquel tipo iba directamente a encabronar a los oyentes, día tras día, día tras día. Y descubrimos que a mucha gente le producía una especie de vértigo erótico ser encabronados, decir o repetir atrocidades, manifestar una burricie moral que creíamos extinguida, ser “políticamente incorrectos”; es decir, comportarse como bestias. Muchísima gente que ya era muy bruta (o brutal) de mente y de actitudes no dejó de serlo, sino que perdió el miedo a que los demás lo notasen, a demostrarlo. Es más, presumían de ello. Ese fenómeno está en la génesis misma de nuestra actual extrema derecha, cuyos carneros presumen de hacer lo que, hasta hace poco, la gran mayoría de la sociedad denostaba.


Muchos imitaron inmediatamente al tal Jiménez, porque el negocio era seguro. No me resisto a contarte una anécdota muy triste que me pasó a mi. Cuando me fui a Diario16 como director de Opinión, hace ya más de veinte años, mi trabajo consistía, sobre todo, en hacer los editoriales del periódico y en “fichar” a los articulistas. La idea original era hacer un periódico plural, moderado, constitucional y hasta juvenil. Bien, pues yo fiché a un señor que se apellida Vidal. Ya sabes quién es. Era un tipo muy voluminoso, muy culto, de ideas y actitudes absolutamente aceptables para la línea del diario, y además escribía muy bien. Pero un día le llamaron de la extrema derecha (Losantos) y le ofrecieron irse allí. No sé cuánto le pagarían, pero debió de ser bastante porque aquel gordito ,sabio y razonable que odiaba los ascensores hizo girar 180 grados todas sus baterías y se lió a cañonazos con lo que antes defendía. Se convirtió, en muy poco tiempo, en uno de los baluartes escribientes del fascismo más cerril. Empezó a mentir con una sangre fría que yo he visto muy pocas veces en mi vida. Y no es el único caso, Javier. Muchos compañeros de oficio han hecho lo mismo. Y eso se llama dinero, no tiene otro nombre. Porque nadie nace siendo un neonazi. Ningún niño recién nacido es malo, ni mentiroso, ni traidor a nada. Ningún niño nace siendo Losantos, ni Eduardo Inda, ni Paquito Marhuenda, ... Eso se aprende. El odio se aprende, se ejercita y es fácil de aprender, porque en nuestra sociedad, éticamente declinante, el odio es muy lucrativo. Por lo mismo, ser una persona decente se aprende también. Pero es más difícil. Y más solitario. Los masones lo sabemos mejor que nadie.


¿Los trols? Bueno, hombre, de eso si sé un poco. Yo tengo alguno que me persigue sin desmayo desde hace casi veinte años. Me insulta al pie de cada artículo con verdadero denuedo. Diga lo que diga, eso le da igual. Me odia a mí, personalmente. Julio Casanova se llama, farmacéutico, de un pueblo de Cuenca. Es un desequilibrado, de eso no cabe duda; lo que se llama un hater, (odiador) un insultador profesional. Él y otros dos o tres han tomado al asalto la sección de comentarios al pie de mis artículos (pero el mío es un caso entre miles) y la han convertido en un auténtico estercolero.


¿Cómo se acaba con los trols? Sobre todo ¿cómo se acaba con los trols organizados, con la hueste de neofascistas que invade la inmensa mayoría de los medios de comunicación de este país (y de Italia, y de Francia, y de…) pilotados por Vox y por los partidos de extrema derecha de cada país? Pues yo creo que la solución es bien sencilla pero muy difícil de tomar: eliminar la sección de comentarios de los lectores en los periódicos digitales. Es decir, no eliminarla: cambiarla por aquel invento tan viejo como magnífico que se llamaba “Cartas al Director”. Cada cual puede escribir lo que quiera, cómo no, pero debe identificarse con su nombre y apellidos, su DNI, su dirección y su teléfono. Y entiende que esas cartas, esos mensajes de los que se responsabiliza plenamente y a todos los efectos (el primero, el penal), serán estudiados por moderadores, y se publicarán (o no) según el criterio de esos moderadores, que trabajan en la sección de Opinión del periódico. Y punto. Yo trabajé varios años en esa sección en dos periódicos distintos, y sé cómo funciona. Eso acabaría con los nicks, con el anonimato, que es una invitación formal a la delincuencia verbal. ¿Por qué no se hace? Pues porque la sección de comentarios atrae lectores… o, mejor dicho, aumenta el número de visitas a la página, que es, ahora mismo, el becerro de oro, la clave de la supervivencia de un medio, lo primero que miran los anunciantes.


4.- El confinamiento ha dado un nuevo y decisivo papel a las Redes y a los medios digitales ¿Crees que será duradero? ¿Qué papel están jugando las Redes sociales en la “conversación pública”?



Pues un papel a la vez maravilloso y terrible. Las redes sociales se han convertido durante este periodo en la manera más inmediata y eficaz de mantenernos “conectados”, y en muchos casos unidos, unos a otros. Hasta marzo, yo apenas sabía manejar un programa que tiene 17 años de viejo, como es Skype. Nunca lo había necesitado, así que no sabía. Ahora salgo, más o menos, a tres reuniones cada dos días. Y soy un hacha con el Skype, con el Zoom, con el Meeting y con sus respectivas y repajoleras madres. Vamos, lo que me echen. He participado en conferencias semanales, que han reunido cada jueves a una media de 150 personas de toda España e incluso de otros países. ¡Doscientas treinta personas conectadas a la vez! ¿Tú te das cuenta de lo que eso quiere decir? Ahora veo a mi familia de sangre como diez veces más que antes, cuando yo tenía que viajar a León para verles. Ahora nos encontramos online y nos sentimos juntos cada vez que nos da la gana. Eso seguramente no desaparecerá después de la epidemia. Al contrario: lo seguiremos haciendo, y cada vez más.

Pero lo espantoso es que las redes sociales se están convirtiendo en un serpentario de mentiras, bulos, prepotencia, irreflexión y, desde luego, violencia verbal. Ya lo eran antes, pero es que ahora se nota muchísimo más. Hace años que no manejo Twitter, porque lo que empezó como un juego de ingenio y brevedad se ha convertido, y yo creo que irreversiblemente, en una cloaca de extremismos, de ignorancia y de zafiedad. Pero si es el medio favorito de Trump… Con eso está todo dicho… Yo me he quedado en Facebook, que no es tan asqueroso; quizá porque se puede escribir más largo. Y en WhatsApp, que se ha vuelto un medio de comunicación casi indispensable, como el mismo teléfono móvil, que yo creo que es el objeto material que hoy sustituye a lo que cuando éramos niños se llamaba alma. “Qué te importa ganar todo el mundo si pierdes tu alma”, decía Ignacio de Loyola. Bien, pues ahora tú pierde el móvil y te vas a enterar de lo que son las penas del infierno… ¡Prácticamente dejas de existir!

Pero sí, es verdad. Las redes sociales, durante esta epidemia, han representado las dos caras de nuestra sociedad cotidiana, lo mejor y lo peor. Ahora bien: sabemos que Facebook no te permite estar en contacto con todos tus “amigos”. Solo deja a tu alcance a los más cercanos, los más afines, los que mejor te caen, porque Facebook y sus algoritmos saben quién eres, cómo eres, qué te gusta, qué has comprado por internet, dónde has estado y con quién… Y no son los únicos que lo saben. Hay más gigantes que actúan igual. Esa es la base de la manipulación de masas contemporánea, ese es el fundamento tecnológico de Roger Ailes, de Trump, de Putin, de Salvini, de los trols de Abascal y del secesionismo catalán, por poner sólo unos pocos ejemplos. Pero a lo que voy: Facebook introduce en tu “conversación pública” (porque no hay una sola conversación pública en redes sociales, creo yo; hay decenas de miles, y estoy convencido de que muy pocas se parecen entre sí) a unos cuantos de tus centenares o miles de “amigos”. No sé si eso será bueno, pero desde luego es balsámico.


Las personas civilizadas acabamos rodeadas de gente también civilizada, y las malas bestias supongo que se rodearán de otras malas bestias. Yo discuto bastante por Facebook, porque no toda la gente civilizada a la que veo ahí está de acuerdo conmigo ni yo con ellos, ¡sólo faltaba eso! Pero discuto civilizadamente, caramba. Y eso se debe a la prodigiosa, bondadosa, beatífica herramienta del bloqueo. ¿Por qué mis trols y mis haters jamás se meten en mi perfil de Facebook? Porque saben que durarían cinco minutos. Yo tengo ahí unos 2.800 “amigos” y una lista de bloqueados que pasa de los dos centenares. Me tomo la libertad, para mí indispensable, de tratar de rodearme de gente inteligente. Para sufrir en esta vida ya tenemos a monseñor Reig Pla, el obispo de Alcalá de Henares, al que tengo por la imagen completa y pública de la cerrilidad, la amargura y el odio. Un grandísimo belorcio, que dirías tú. Pues no, conmigo no lo quiero, ni a él ni a sus monagos. En mi perfil, no.


5.- ¿No te parece que la Televisión es un medio de comunicación completamente degradado y que ha perdido todo interés frente a otros medios como la Radio, los Digitales, ¿o INTERNET?


Ahora sí que hablas con un ignorante. Yo veo muy poca televisión, Javier. Mejor dicho: veo bastante, pero siempre lo mismo. Mi última pareja, Guille, que era un fanático del fútbol, me convenció –yo entonces tenía dinero– para contratar no sé qué chiriflautada en la que tienes a tu disposición no sé cuántos cientos de canales: una oferta de esas para las que nos llaman por teléfono cada pocos días y no sabemos cómo sacárnoslos de encima. Como suele pasar en la vida, o al menos pasa mucho en la mía, Guille ya no está, pero sus efectos permanecen: ahí siguen decenas de canales de fútbol que me cuestan un dinero que ya no puedo pagar y de los que no sé desprenderme, porque a mí los bancos y los agentes comerciales de lo que sea me marean con una facilidad pasmosa.

Pero veo una televisión muy concreta: la televisión pública para enterarme –más o menos– de lo que sucede, y luego directamente me largo a los canales de National Geographic (el de animalitos del bosque y el otro), a veces el canal Historia y más frecuentemente el canal Odisea. Y el cine. Hasta ahí llego. No veo jamás Telecinco, pero jamás, por un principio moral irrenunciable: creo que Berlusconi es el principal responsable del auge de la extrema derecha en Europa, después de varias décadas de minuciosa y concienzuda estupidización de la gente que ve sus canales, tanto en Italia como aquí. Y Telecinco es ahora mismo la cadena de mayor audiencia en España.

La Sexta me aturde y me enfada con su amarillismo, su connivencia mal disimulada con el secesionismo catalán y sobre todo con su sobreactuación: ese señor Ferreras, que no es Dios aunque él crea que sí, no creó el cielo y la tierra, pero creó de la nada a Pablo Iglesias y de una de sus costillas sacó a Monedero; el Señor, que es misericordioso, se lo sabrá perdonar. Y las demás cadenas generalistas, pues lo mismo: están llenas de tertulianos voceones que no saben de nada pero chillan de todo, y luego de concursos que a mí me deprimen profundamente, porque me parece un insulto que a un señor le den tres mil euros por saber qué río pasa por Zaragoza. Veo también la BBC, la CNN, la RAI y alguna cadena francesa, para estar al tanto de otras visiones de la realidad que llegamos a compartir. Y cuando veo que me baja la adrenalina o que estoy de un buen humor quizá excesivo, pongo un rato TV3 y ya me cabreo, recupero el escepticismo sobre mi oficio y me meto en la cama para tener pesadillas con Goebbels.


Pero sé lo que pasa. No estoy de acuerdo con lo que dices: la televisión llega al 84,5% de los españoles, que se siguen “informando”, muy mayoritariamente, a través de ese aparato. Y la digitalización de la tele, que ha hecho nacer la “televisión a la carta”, ha multiplicado su difusión casi tanto como sus contenidos. La televisión no tiene en internet un enemigo sino un aliado. Mientras los periódicos de papel están desapareciendo uno tras otro y sus ingresos por los soportes digitales no se acercan ni de lejos al umbral mínimo de la supervivencia de las redacciones, la gente ve tráilers de series en YouTube y luego las busca en Movistar o en HBO o en Netflix. Que es lo que hago yo, por cierto.


De la radio, eso sí te lo digo, no sé absolutamente nada. Creo que Radio Clásica sigue existiendo. Tengo un par de amigos que trabajan, o trabajaban, allí. Pero yo no la oigo jamás. Y no sabría decirte por qué. No tengo una explicación para eso. Simplemente es algo que me sucede. No tengo nada contra ella, pero nunca me interesó la radio.


6.-Hablame de tu condición de melómano y de tus gustos musicales ya que has ejercido como periodista la crítica de música clásica. ¿Qué es la música para ti? Te revelo mis grandes pasiones musicales: Johan Sebastian Bach, Haendel, Pergolesi, Vivaldi, Mozart, Purcell, Ludwig van Beethoven… ¿Y las tuyas?



La música es una de las cosas más importantes de mi vida. Desde niño. En casa de mis padres se escuchaba mucha música. Todavía me recuerdo de chiquillo –cuatro, cinco años tendría– acurrucado en un rincón de la salita, en los días previos a la navidad, viendo cómo mi padre hacía equilibrios sobre una escalera para colgar en el techo una enorme estrella hecha de lucecitas y espumillón. En el tocadiscos portátil (¿portátil? Pesaba más que yo) sonaba la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák, en un disco que recuerdo como si lo estuviera viendo: la Filarmónica de Berlín dirigida por Ferenc Fricsay, que vaya cara de vinagre que tenía el tío en la foto en blanco y negro que le pusieron los de la Deutsche Grammophon. Yo estaba fascinado con la estrella del techo, pero sobre todo con la música. Me hacía soñar, me llevaba a otros sitios que solo yo conocía. ¿Sabes qué? Aquel disco tenía un rayón que cruzaba toda la cara A. cada vez que el vinilo daba una vuelta, sonaba un poc. Tantas veces oí aquella música milagrosa que hoy es el día en que, cada vez que escucho los dos primeros movimientos de esa sinfonía, sin darme cuenta voy marcando con el dedo los sitios exactos en que sonaba aquel rayón: poc… poc… poc…


Mi familia era numerosa (cinco hermanos, papá, mamá, la abuela y el perro) pero los domingos se integraba en una auténtica manifestación, porque los amigos de juventud de mis padres se habían casado y habían tenido cantidades ingentes de niños, algo que entonces era normal. Salíamos al campo juntos (no se me olvidará jamás la Venta de Getino, en la montaña de León) y éramos como treinta o cuarenta. Después de la comida en común, los críos salíamos de estampida al monte, como las cabras, a jugar. Todos menos uno: yo. Porque sabía que después de comer, entre el humo del tabaco y los cafés y las copas, mi padre sacaba la guitarra y empezaban todos a cantar unas canciones que a mí me partían el alma. La Llorona, el No la llames, La casa del señor cura… Yo lloraba a moco tendido escondido debajo de la mesa, aunque todos sabían que estaba allí. Hoy es el día en que me las sé todas de memoria, como es lógico.

De adolescente, cuando llegaba a casa del instituto, a la hora de comer, escuchaba en mi cuartín de estudiar la Incompleta de Schubert. Todos los días, todos. Era como un oasis en medio de la pesadumbre de cada día (yo fui un adolescente profundamente infeliz, víctima de abusos de los curas y de lo que hoy se llama buylling); me la sé también de memoria, como te imaginarás. A los catorce años –pero qué cursi he sido siempre, dios mío de mi vida, qué repipi– me enamoré como un burro de Marité… y le regalé un disco que le birlé a mi padre y que contenía la famosa Serenata de Franz Schubert. Te puedes imaginar la cara que puso aquella cría, que, de más está decirlo, no me hizo ni puñetero caso.


Te contaba antes que mi vida cambió por completo cuando, a los diecisiete años, un compañero de la Facultad me engañó –porque fue un engaño como la copa de un pino– para formar parte de la Capilla Clásica de León, mi primer coro, que dirigía un genio olvidado: Ángel Barja. Figúrate. Me metieron en una sala del Conservatorio en la que otros señores, de muy variada edad, iban a hacer lo que se llama “ensayo por cuerdas”. Yo, que no conocía de nada a ninguno, era tenor, o eso me habían dicho, así que ellos también. Me dieron una hoja de papel, la fotocopia de una partitura que yo no sabía cómo poner, si boca arriba o boca abajo, porque aquellos curiosos signos no significaban nada para mí. Pero tenía buena memoria y en quince minutos me aprendí de carrerilla aquella melodía absurda, fea, sin sentido, de una obra que se llamaba Alma Redemptoris Mater, de un tal Simón Araya, remoto canónigo de la catedral de León del siglo XVIII. Sonó un timbre y todo el coro se juntó en la sala de ensayo general. Yo me puse donde me dijeron y entonces ocurrió un prodigio que no he olvidado jamás.


Cuando Barja, que era chiquitín pero muy enérgico, dio la entrada y empezamos todos a cantar a la vez, a mí me fulminó un rayo. Mi voz, al cantar aquella melodía estúpida, se convertía en parte de un conjunto que elevaba hacia lo alto un sonido de belleza irresistible. Y yo, pobre de mí, formaba parte de aquel torrente de belleza. No lo pude soportar. Me eché a llorar como un crío. Me abrazaron, me aplaudieron, me acogieron. Esa fue, por lo tanto, mi primera iniciación; la primera vez que salí de la ignorancia (musical, en este caso) y eché a andar, paso a paso, hacia la sabiduría, hacia la Luz que se desprendía de aquellos sonidos de una belleza portentosa y que solo funcionaban cuando se hacía en común. Fue la primera vez que me di cuenta de que yo formaba, en realidad, parte de un todo, de un trabajo colectivo, inmenso y muy importante (y dificilísimo, porque cantar bien es difícil y nosotros éramos bastante zarrapastrosines cantando, qué quieres que te diga) (lo mismo que la obra del tal Araya: ¡qué malo resultó ser, cuando pude comparar, aquello que tanta emoción me causó!); te decía que era el trabajo insuperable de elevar una catedral sonora, de la cual todos formábamos parte y nos contenía a todos…


Me llevaron a estudiar música a casa de mi Maestra, con mayúscula, María Jesús Ayala, que se ha muerto hace unos meses. Y volvió a pasar lo de siempre. Que me aburría con el solfeo, que es lo que tenía que hacer, así que alquilé un piano y me puse… ¡a componer! ¡En primero de solfeo! Otra vez Luisito intentando impresionar a todos con su talento. Otra vez Luisito buscando aplausos y cariños y esas cosas tan dulces como efímeras. Una de aquellas obritas ridículas que escribí, una pequeña suite de danzas renacentistas que me costó una grandísima cantidad de tiempo y esfuerzo que yo debería haber dedicado al estudio (pero a los veintiún años estaba enamoradísimo y quería regalarle aquello al deslumbrante Miguel), llegó a estrenarse en público, maldita sea. Pero pasó lo de siempre. Me dio otro ventarrón, el de escribir; gané un concurso de cuentos, me contrataron en el periódico de mi tierra y se fueron a la reverendísima mierda mis oposiciones a catedrático de Instituto, mi soñado futuro como brillante director de orquesta y todos los demás planes, ilusiones o quimeras, que tanto da. Otro bandazo. Otra prueba más de mi cabeza loca, de mi inconstancia y de mi absoluta inutilidad para terminar cualquier cosa que empiece.


¿Mis amores musicales? Son muchísimos. Quizá el mayor de todos sea Mozart, porque en todas sus obras hay al menos un diamante: en todas, hasta en las que escribió con cinco o seis años. Luego, claro está, Bach, Beethoven (a veces me cansa un poco, pero solo a veces), Liszt, Schubert, Victoria, Monteverdi, Corelli, Haendel y Purcell, Mahler, Palestrina, Ravel, Rachmaninov… No acabaríamos nunca. En ópera, además de Mozart, soy a la vez verdiano, monteverdiano, belliniano hasta el tuétano, pucciniano, rossiniano converso, bizetista, gounodista y donizzetista, pero admito que no puedo con Wagner. Lo siento mucho. Y mira que lo he intentado, ¿eh? Pero no soy capaz. Wagner es el único compositor que ha logrado sacarme de un teatro, porque no podía más del tedio. No recuerdo quién lo dijo pero tenía toda la razón, al menos para mí: Wagner es el autor de sublimes momentos de música separados entre sí por cuartos de hora insoportables. Pero seguramente la culpa la tengo yo. No tengo cualidades para Wagner, como tampoco soy capaz de emocionarme con el fútbol o con los toros.

En fin: he cantado en dieciséis coros distintos durante casi treinta años, que se dice pronto. Eso sí lo hice más o menos bien. Gracias a la música he conocido (y amado) la mayor parte de Europa y unos cuantos países de América. Me he conmovido siempre, pero siempre, cantando, todas las veces. Casi como el primer día. He tenido el inmenso privilegio de cantar muchas de las grandes obras de la historia, como la Pasión según San Mateo de Bach, la tremenda Novena de Beethoven (nuestro querido hermano odiaba a los tenores, eso sí lo tengo claro), el Requiem de Brahms, los Carmina Burana de Orff, el Aleksander Nevsky de Prokófiev, prácticamente la obra completa de Tomás Luis de Victoria, el Gaudium et Spes-Beunza de Cristóbal Halffter, algunas óperas y sobre todo el Requiem de Mozart, que es lo más extraordinario, lo más arrebatador y lo más doloroso que he cantado jamás. Me ha tocado ponerme delante de un coro, más de una vez, para dirigir, me imagino que horriblemente, pero yo soy de los que no pueden escuchar música quietos en un auditorio o en un teatro. No puedo evitar moverme, marcar el compás o las entradas con la cabeza o con los brazos. Las señoras bien educadas que ocupan las butacas próximas suelen reconvenirme severamente por ello, pero sencillamente no puedo evitarlo. Soy un batuta frustrado. Como tantas otras cosas que nunca terminé porque era difícil y cansado y no me aplaudían desde el primer momento ni me decían lo listo que era.


Sí, es verdad que he sido crítico de música clásica y sobre todo de ópera. Pero no lo comentes por ahí, por favor. Estoy profundamente avergonzado por aquello. Técnicamente al menos, no lo hice mal: sabía más y escribía mejor que muchos de los que se ganan la vida haciendo esa cosa absurda y completamente inútil que es la crítica de música. Inútil, sí. Porque el crítico de música no es como el de libros o el de arte o el de cine: estos profetas, aunque se pongan a juzgar y a dar su veredicto, que no suele valer un comino, por lo menos le cuentan al lector qué opinan de algo que este puede leer (un libro) o ver por sí mismo (una exposición, una película). Pero el de música, como en buena medida el de teatro, pontifican sobre algo que ya pasó y que es irrepetible: un concierto, una función de ópera, una representación teatral. Por más que se repita durante varios días, no hay dos iguales, nunca. Entonces ¿para qué coño sirven la crítica y los críticos, además de para conseguir entradas gratis, engordar sus egos y volverse personajes engolados e insufribles, como lo son casi todos? Yo no lo supe jamás, pero tengo que reconocer que en aquellos años me encantaba ser engolado y terrible.



Porque fui terrible, Javier, el peor de todos. Apasionado como soy, me dejé ganar por la mitomanía de la ópera; (esa es una enfermedad de la que logré curarme) y me convertí en un hooligan que se extasiaba con unas cosas y cinco minutos después bramaba de indignación por otras, todo en la misma representación. Yo he escrito de algunos cantantes, directores o escenógrafos cosas muy parecidas a las que mis trols o mis haters escriben cada semana de mí en el periódico, al pie de mis artículos. No tenía vergüenza. No ya compasión, que eso tampoco; pero vergüenza, ninguna. Disfrutaba demostrando en mis críticas lo listo que era y lo mucho que sabía (o que aparentaba que sabía) y disfrutaba jugando a ser un diosecillo, un déspota cabreado que hacía daño sin mirar a quién. Nunca me puse mentalmente en el lugar de aquellos a quienes insultaba, nunca me paré a apreciar su trabajo, su esfuerzo de todos los días, el perjuicio que les podía causar mi folio y pico de veneno, redactado además después de dos o tres whiskys, porque en aquella época yo bebía mucho. No sabía entonces ponerme en el lugar del otro, como tratamos de hacer siempre los masones. Por eso me sonroja tanto aquel que fui. Porque ya no tiene remedio. Vamos a hablar de otra cosa, anda.


7.-Has sido y eres una persona comprometida con la causa de la normalización social y legal de la homosexualidad. ¿No es curioso que España, un país con fama de tradicional y católico haya asumido con toda naturalidad el matrimonio gay y que esa reforma legal tenga una resistencia mayor en países supuestamente más liberales como USA, Francia, Inglaterra, Finlandia, Escocia, Italia? ¿Nos encontramos en una situación de normalización o falta algo importante?


Javier, yo no estoy nada, pero nada seguro de que en España se haya asumido el hecho de la homosexualidad como algo común y aceptable, y de que ese hecho se haya “normalizado” y “visibilizado”, como solemos decir los viejos activistas (yo lo fui; ya no). Y lo más importante: tampoco estoy seguro en absoluto de que esa aparente “normalización”, que hemos disfrutado durante veintitantos años, sea irreversible. Temo mucho que no sea así.

La Iglesia católica tiene en España más poder y más influencia social que en ningún otro país del mundo, quizá con la excepción de Polonia y, hasta hace algún tiempo, de Irlanda. Tiene más poder que en Italia, sin duda. Fíjate en un par de detalles muy reveladores que a mí me comentaba, hace años, el cardenal Tarancón: en nuestro país, el ochenta por ciento de los pueblos tienen nombre de santos o de santas. A las calles les pasa lo mismo. Y a los niños que nacen, también. La gran mayoría de las fiestas que se celebran en España, grandes o pequeñas, tienen advocación religiosa. Si eso no es impregnación, incluso control del tejido social, aunque sea del menos educado, pues tú me dirás…


Y la Iglesia católica es la que es, Javier, tú conoces eso mejor que la inmensa mayoría. La homosexualidad está condenada mil veces por la tradición católica, de la manera más hipócrita que quepa imaginar porque, como me decía hace años un obispo amigo mío que ya murió, si de la Plenaria de la Conferencia Episcopal se sacara a todos los obispos que no se han metido nunca en la cama con un chico, esa Plenaria podría reunirse en un taxi.

Francisco, el bondadoso y animoso pero ya anciano papa argentino, asegura que él no es quién para juzgar a un homosexual por el solo hecho de serlo. Pero Francisco es una anécdota, una excepción, un delirio de la ocasional mayoría renovadora del cónclave, como lo fueron Juan XXIII e incluso el desdichado Pablo VI, que es mi Papa, el de mi juventud, mi favorito. La norma es el wojtylianismo, el tridentinismo de Pío XII, que hoy representan en Roma cardenales como Brandmüller, Burke, Zen o el terrorífico Robert Sarah, entre muchos más. Es el ordeno y mando, el conmigo o contra mí, el Rouco y el Varela. Esa gente está esperando a que el viento vuelva a soplar en la dirección que ellos creen correcta. Y volverá a soplar, eso sin duda alguna. Ese tiempo está llegando ya. Los ultracatólicos de colmillo retorcido: los Reig Pla, los Munilla, los Cañizares..., en realidad no tienen que hacer nada; solo esperar a que se muera el argentino.


Uno de los efectos de esa causa que ya está volviendo muy fácilmente podría ser la pérdida de esa “normalización” de la homosexualidad. Hay en España muchísima gente, pero muchísima, que durante años se ha callado lo que pensaba porque existía un consenso general, una “nueva norma” social aceptada y difundida por los poderes del Estado y por muchos agentes sociales. Es lo que se llamó “corrección política”. Despreciar a los gais, o escarnecerlos, o apalearlos, o contar chistes de maricones (una de las grandes tradiciones tabernarias en España durante siglos: ya los contaba Quevedo) ha estado mal visto durante casi tres décadas y quien hiciera eso corría el riesgo de ser discriminado en su entorno social. Y muchos dejaron de hacerlo.

Pero no de pensarlo, Javier. Eso que hemos vivido ya no es así. El auge de la extrema derecha organizada en España ha quitado el miedo a hordas enteras de mulas pardas que estaban ya ahí, que no se habían ido nunca, pero que al menos disimulaban y no los veíamos; mulas pardas que ya no solo no se avergüenzan de sus ideas y actitudes repugnantes (ideas y actitudes que siempre tuvieron y que han inculcado a sus vástagos), sino que ahora presumen de ellas con todo estrépito y todo orgullo. Primero la derecha, luego alguna izquierda montuna, los secesionistas y sobre todo la extrema derecha han teñido de política barata absolutamente todo. Dios, aquí, es de derechas. Los toros son de derechas, como Manolo Escobar, el vino de Jerez, ciertas marcas de coches y, te lo juro, hasta la Mística del Siglo de Oro. Y por lo mismo, se ha llegado a la inaudita asimilación de que ser gay es ser rojo, cuando yo conozco gavillas enteras de buenos mozos casados con sus novios que votan a Vox con toda su alma. Pero el partido al que votan les desprecia. Profundamente.

Los españoles somos un país de extremos, eso no hace falta demostrarlo porque “es una verdad evidente”, como decía León XIII. Un día, hace quince años, nos convertimos en la nación del mundo más avanzada en el reconocimiento de los derechos de las minorías. En poquísimo tiempo legalizamos tanto el matrimonio entre personas del mismo sexo como la adopción de niños por parejas homosexuales, algo que dejó con la boca abierta incluso a los daneses, los holandeses o los suecos. Ahora, quince años después, hemos batido todos los récords mundiales de velocidad en el crecimiento de los neofascistas, una de cuyas señas de identidad –aparte, como te decía, de los toros, el porompompero y María Santísima– es el odio hacia los homosexuales.


Lo repito: odio. Y no lo ocultan en absoluto, más bien al revés. Lo dicen con toda claridad en sus redes sociales. Si estos bestias llegasen al poder y se afianzasen en él por largo tiempo, no sólo desaparecerían las autonomías, la protección a las mujeres maltratadas, la prohibición de la pena de muerte o la sanidad y la educación públicas. Que todo eso desaparecería sin la menor duda, lo mismo que la Constitución. Es que las personas homosexuales volveríamos a estar en peligro, porque esa gentuza desea que seamos erradicados lo mismo que el comunismo, el separatismo… y lo mismo que nosotros, los masones. El tal Julio Casanova, que a mí me llama maricón todas las semanas (apenas velado por sus siete u ocho nicks) al pie de cada artículo que escribo, no es un extraterrestre, ni un fenómeno aislado, ni mucho menos una excepción. Es un síntoma de lo que se nos está viniendo encima. Porque se nos está viniendo encima, Javier, y a grandes zancadas. Como Stefan Zweig ante el poder nazi, soy terriblemente pesimista ante el crecimiento del neofascismo, en España y en el mundo. Zweig se equivocó. Yo también querría equivocarme. Pero, como es natural, me parece que no ando muy errado…


Conclusión: la libertad, como decía Simone de Beauvoir del feminismo, está siempre en peligro. Hay que defenderla todos los días porque siempre está amenazada. La democracia, la convivencia en paz, el respeto al que disiente, el reconocimiento de los derechos de las minorías, no son algo natural, no forman parte del código genético de la especie humana. Son creaciones culturales, artefactos que la humanidad ha ido dándose a sí misma, muy poco a poco, para poder convivir mejor. Y hay que protegerlas con todo cuidado y con todo esfuerzo, cada día que amanece, porque son frágiles por naturaleza. Lo que sí está en la condición humana es el odio, la violencia, el avasallamiento, la imposición, la ambición de poder, la tiranía… y, desde luego, también el miedo.



8.- ¿Cuál fue el impulso primordial que te llevó a escribir tu novela Algún día te escribiré́ esto (Editorial Egales, 1999)? ¿El proceso de creación de la novela fue doloroso?


Bueno, te vas a reír. Me da un poco de vergüenza decirte esto, pero es la pura verdad. Fue una apuesta. En aquellos años, a finales de los 90, yo me metía cada noche en un chat de internet, una cosa que había que se llamaba IRC (no sé si seguirá existiendo, imagino que no) y que tenía montones de canales que cualquiera podía crear. En uno de ellos, cuyo nombre ya no recuerdo, andábamos cada noche unos veinte o veinticinco pájaros pintos que teníamos algunas cosas en común: todos éramos gais, todos o casi todos teníamos pareja (allí no se iba a ligar) y todos éramos bastante marisabidillos, leídos, cultos o como quieras llamarlo.


Como es lógico, nos dedicábamos concienzudamente al cotilleo, la maledicencia, la burla cruel y el escarnio de otros escritores, muy especialmente si también eran gais. Esto es muy común entre los homosexuales, nunca he logrado entender por qué: ponemos de vuelta y media a los que son como nosotros y tienen los mismos problemas vitales (o muy parecidos) que nosotros tenemos, y no dejo de pensar que en esa actitud mezquina hay una inmensa carga de envidia. Allí se decían cosas terribles, pero hay que admitir que también muy ingeniosas, de Antonio Gala, de Luis Antonio de Vileda (así le llamábamos), de Eduardo Mendicutre (que es un gran amigo mío y una persona excelente), de Jaime Bayly y de muchos más, sobre todo de aquel gaznápiro que salía tanto por la tele dando chillidos… Cómo se llamaba… Sí, hombre, uno venezolano, no me acuerdo ahora, que escribía tan mal… ¡Izaguirre! Eso es, Boris Izaguirre.


Bien, pues todo iba como siempre hasta que alguien, en una de aquellas noches de parloteo, dijo: ah, muy bonito, todos “cortando trajes” a los escritores que entienden pero aquí nadie da un palo al agua ni hace nada más que criticar. A ver ¿quién se apunta a enviar a este chat un relato de asunto gay, de no más de tres folios y escrito en tres días? Y luego los leemos todos y los comentamos.


Se produjo un terrorífico silencio de más de dos minutos, que es una barbaridad en un medio como internet. No piaba nadie, estábamos todos los pájaros metiditos en el fondo del nido como si lloviese. Hasta que por fin uno dijo, tímidamente: “Bueno, pues recojo el guante…”.


Fui yo, claro. Inmediatamente, todos los demás se dieron por absueltos y liberados del desafío, y se pusieron a esperar el trabajo de “Monterone”, que era mi nick en aquella pajarera.


Tiré de lo primero que se me ocurrió, lo más fácil, que era un episodio de mi vida. Yo tuve varias novias de chaval y una de ellas, la más duradera y una extraordinaria persona, lo pasó fatal conmigo porque yo caí fulminado de amor por su hermano, Jose, que era una belleza de muchacho como he vuelto a ver muy pocas veces. O bueno, a mí me lo parecía… Y decidí contar aquello que nos pasó. Naturalmente inventé muchísimo, porque en realidad pasar, lo que se dice pasar, apenas pasó nada… para mi desesperación, porque yo me moría por aquel chico.


¿Y qué sucedi