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La paradoja francesa, por Javier Otaola







EL CORREO. 18.5.22

Hacías unos cuantos años que no viajaba a Francia y regreso de una estancia en Paris y Angers, que me ha descubierto una sociedad más juvenil, multicultural y multiracial, moderna y relajada de la que conocí. He podido visitar a una vieja amiga que hace años fue la casera de mi hija mayor en su Erasmus en Paris, y la he encontrado amargamente pesimista y crítica con la situación social y política de su país, a pesar de que lo que veían mis ojos era más bien esplendoroso.


A finales del pasado año The Economist publicó un largo artículo de opinión : " La France va bien, mais se sent malheureuse " — Francia va bien, pero se siente desgraciada— y llamaba la atención sobre el tono extremadamente pesimista, casi trágico, de la opinión pública francesa, y el sentimiento de "declinismo" reinante en una sociedad que sin embargo tiene muchos motivos para estar satisfecha. La frase favorita del comentario francés es "tout est minable"(todo es lamentable, mediocre, despreciable) y todo esto en una de las sociedades más cultas, ricas y cohesionadas socialmente del Mundo. ¿Qué falla?


La periodista Elsa Conesa de Le Monde ha publicado un artículo analizando las reacciones de la prensa extranjera a este mal francés del "declinismo" y venía a recoger algunas interesantes opiniones sobre cual podría ser la causa de esta característica tan paradógica de nuestros queridos vecinos. Para Daniel Cohen, presidente de la Escuela de Economía de Paris podría deberse "a una relación de confianza interpersonal muy baja", que es más aguda entre los votantes de Marine Lepen; esta desconfianza se pone de manifiesto con regularidad en las encuestas de opinión y erosiona las relaciones con los otros y las hace conflictivas, daña el civismo y el gusto de vivir juntos, así como la adhesión a las instituciones y a la política.


El mismo Cohen apunta a que la falta de cuerpos intermedios, la fragilidad del tejido asociativo, el exacerbado individualismo, dificultan la posibilidad de desarrollar una inteligencia societaria, lo que hace que en Francia todo se piense en términos muy verticales de sumisión o rebelión. Elsa Conesa pone en relación esta dificultad para las relaciones horizontales con lo que ya en si día dejó escrito Alain Peyrefitte en "El mal francés", Le Mal français (Plon, 1976), señalando que ese mal no es otro que un jacobinismo radical que aboca a Francia a un centralismo político y administrativo que hace imposibles los espacios de sociabilidad horizontal más arraigados en ámbitos de proximidad, ya que todo gira en torno a un ejercicio del poder extremadamente jerárquico en todos los órdenes de la vida social como si Francia fuera una enorme prefectura.


Para Daniel Cohen este nacionalismo vertical tiene su raíz en el éxito histórico que en Francia han tenido dos poderes fundamentalmente verticales: el absolutismo monárquico —posteriormente napoleónico— y la Iglesia Católica. Según este autor lo que fue un factor de éxito en el pasado es un lastre en el presente ya que no se adapta bien a las necesidades más flexibles de la "sociedad post-industrial donde las relaciones horizontales se imponen entre investigadores, e industriales, altos funcionarios y alcaldes..."


Curiosamente en España teniendo más motivos de queja que los franceses en relación con nuestros logros y fracasos colectivos, no se da esa tristeza y desconfianza societaria sino que al contrario destacamos, a pesar de todos nuestros problemas, por una natural sociabilidad de la alegría y existen múltiples redes de confianza horizontal arraigadas a los ámbitos culturales de las fiestas y tradiciones populares, y en los ámbitos de autogobierno de las Comunidades y de nuestras ciudades.


En Francia algunos autores achacan este aparentemente injustificado pesimismo al traumatismo de la II Guerra Mundial que todavía pesa sobre la conciencia colectiva de los franceses y que viene a ser algo así como el síndrome del 98 que padecimos los españoles a finales del XIX y principios del XX.


Yann Algan et Pierre Cahuc en su libro La Société de défiance (éd. Rue d’Ulm, 2007) llegan a afirmar que los franceses perdieron colectivamente la confianza en sí mismos con la fulminante derrota que sufrieron frente a los alemanes en 1940 y la humillación de los años negros de la Colaboración bajo Petain.


Algan y Cahuc describen el proceso de reconstrucción propiciado por De Gaulle como un periodo de éxito pero siempre velado por "los viejos demonios del monarquismo y del bonapartismo" dando lugar a un Estado "dirigista y corporatista" que habría "asfixiado la sociedad civil y alimentado la desconfianza hacia la esfera pública y las élites"


Quizá todo se deba a la postre a la dificultad de asumir, frente a la grandeur histórica de Francia, y a pesar de su centralidad europea que tiene que conformarse con el papel de una "potencia mediana de influencia mundial". Me recuerda a lo que en olimpismo se llama la tristeza de la medalla de plata, que suele contrastar paradógicamente con la alegría del medallista de bronce.


Javier Otaola. De la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.


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