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El imperio de la Ley, por Javier Otaola





El imperio de la ley y la democracia en EE UU Donald Trump ha traicionado el corazón mismo del espíritu liberal que gravita sobre la lealtad y la paz en la transmisión de los poderes gubernamentales. Javier Otaola Viernes, 4 de agosto 2023. EL CORREO

El 45º presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump, ha sido acusado formalmente de unos hechos gravísimos: conspiración con deslealtad y engaño contra el funcionamiento democrático de su país, valiéndose de su posición como presidente en funciones, con el objeto de violentar el resultado electoral y mantenerse ilegalmente en el poder. Así comienza el escrito de acusación: «A pesar de haber perdido, el acusado (Donald Trump) estaba decidido a permanecer en el poder y con ese propósito, durante más de dos meses después del día de las elecciones, el 3 de noviembre de 2020, el acusado difundió conscientemente mentiras, alegando que se había producido un fraude que alteraba el resultado de las elecciones y que en realidad él había ganado. Estas afirmaciones eran falsas y el acusado sabía que eran falsas. Pero repitió y difundió ampliamente (...) y lo hizo de todos los modos a su alcance para hacer que sus afirmaciones, falsas a sabiendas, parecieran legítimas, y así crear una atmósfera nacional intensa de desconfianza e ira, y erosionar la opinión pública y la confianza en la Administración de las elecciones presidenciales. (...) Poco después del día de las elecciones, el acusado también utilizó medios ilegales para descontar votos legítimos y alterar los resultados (...). Una conspiración para obstruir e impedir de manera corrupta el procedimiento del Congreso del 6 de enero en el que se cuentan y certifican los resultados recopilados de las elecciones presidenciales (el procedimiento de certificación) (...) a través de mentiras generalizadas y desestabilizadoras sobre el fraude electoral». La conducta de Donald Trump en el ejercicio de sus funciones presidenciales, su constante desprecio de los usos constitucionales de la gran nación americana, fueron manifiestos a lo largo de todo su mandato, y muchos asistimos incrédulos a los acontecimientos provocados por el personaje, que llegaron a su apoteosis con el asalto al Capitolio, jaleado por el todavía presidente, un acto violento y a la vez ridículo si no fuera por la muerte de nueve personas como consecuencia de esa violencia. Un acto de violencia intencionada que fue transmitido en tiempo real a todo el planeta y del que todos fuimos espectadores impotentes. La acusación formal contra Donald Trump es un hecho histórico y un momento crítico que con todas sus garantías viene requerido por la necesidad de hacer valer el imperio de la ley, —sin el que no hay democracia sino tiranía— sobre gobernantes y gobernados por igual. El que fue presidente Donald Trump ha sido objeto de tres acusaciones, empezando por el uso ilegal de gastos de campaña para pagar el silencio de una antigua amante, o apropiarse indebidamente de documentos clasificados y secretos, y finalmente por conspirar para violentar el procedimiento de elección presidencial, en su condición de mandatario saliente, atacando con esa conducta el corazón mismo de la confianza institucional en la transmisión de los poderes presidenciales.

Se ha abierto un procedimiento criminal —United States of America vs. Donald J. Trump—, por supuesto el acusado goza procesalmente de la presunción de inocencia, pero los hechos han sido públicos y notorios, se han acumulado muchas informaciones, imágenes, declaraciones, tenemos mucha información previa, hemos asistido uno por uno a todos los pasos de este procedimiento investigador y es evidente para todos que lo que se va a juzgar en este caso se puede expresar en una pregunta clave: ¿Puede un presidente en funciones difundir, en el ejercicio de su cargo y con conciencia de su falta de veracidad, falsedades acerca de la elección y emplear sus poderes gubernamentales para sustituir la voluntad de los votantes sin consecuencias penales por esa conducta?

Con su estilo de 'boss' y su falta de conciencia institucional, Trump ha rebajado la calidad política de su país Donald Trump, su personalidad narcisista, su vulgaridad y su desfachatez, tienen algo de extraordinario y descomunal, algo que a muchos puede incluso fascinar. La situación provocada por Trump habría sido inimaginable con cualquier otro de los presidentes estadounidenses a lo largo de su historia. Trump ha rebajado con su estilo de 'boss' y falta de conciencia institucional la calidad política de Estados Unidos, que ahora se asemeja, como nunca habríamos pensado, a otros modelos políticos donde son tristemente tradicionales los golpes de Estado, las juntas militares o los 'hombres fuertes'.

Donald Trump ha traicionado el corazón mismo del espíritu democrático y liberal que gravita sobre la escrupulosidad, la lealtad y la paz en la transmisión regular y periódica de los poderes gubernamentales. Ese momento del traspaso pacífico de poderes es precisamente la radical innovación de la democracia liberal que deja atrás las constantes guerras civiles, violencias y crímenes de Estado derivados de los poderes 'personales' que acompañaban los cambios de jefatura en los regímenes autocráticos o de 'derecho divino', que sólo cedían su poder tras su muerte.

La gran república estadounidense, como fruto de la revolución liberal, tiene desde su nacimiento mecanismos institucionales con límites temporales y con la única legitimidad que otorgan el respeto de la Constitución y los votos de los gobernados, y no las ambiciones o la falta de escrúpulos de los gobernantes.



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