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Diccionario subjetivo: Martin Simonson.



Tuve la suerte de conocer a Martin hace un par de años en una de nuestras Cenas del Club de los Iguales de Vitoria, y desde entonces hemos mantenido interesantes conversaciones que nos han acercado mutuamente, descubrir un amplio mundo de intereses comunes y trabar incluso un proyecto narrativo en común.


Con Martin siempre surgen temas apasionantes para conversar.


Martin Simonson es profesor, novelista y traductor de origen sueco, especializado en la literatura fantástica. Imparte docencia en la Universidad del País Vasco, en España.

Martin estudió psicología, antropología social y escritura creativa en la Universidad de Göteborg y Fridhems Folkhögskola (Suecia) antes de trasladarse a España. Se doctoró con una tesis doctoral sobre género literario en El Señor de los Anillos en la Universidad del País Vasco.

Es el autor de varias novelas de literatura fantástica, entre ellas El viento de las tierras salvajes, la primera parte de la saga El guardián sin rostro, que transcurre en varios mundos paralelos y explora temas de identidad, relaciones personales, el poder de la naturaleza y la espiritualidad.

Simonson imparte docencia de literatura inglesa moderna y literatura fantástica en la Universidad del País Vasco (España) y ha traducido al español una veintena de novelas, obras de teatro, novelas gráficas y ensayos de inglés, sueco y noruego.

Ha publicado y editado muchos libros y artículos acerca de la vida y obra de J.R.R. Tolkien y la literatura fantástica en general, entre otros The Lord of the Rings and the Western Narrative Tradition. ​




1.- [Javier] Eres nacido en Götteborg —que nosotros llamamos Gotemburgo—, la segunda ciudad más importante de Suecia, un país que tópicamente solemos considerar en muchos aspectos —culturales, religiosos, políticos y sociales— en las antípodas de lo que puede representar España y en general las sociedades del Sur de Europa. Esa distancia me hace pensar que tienes una perspectiva libre, contrastada, para hablar de España y del País Vasco en particular sin los prejuicios positivos o negativos con los que nosotros mismos tendemos a vernos. ¿Cómo ha sido esa transición del norte boreal de Suecia al sur del mediodía de España? ¿Qué queda en ti de tu formación —y vamos a decir tu mentalidad sueca— y qué has integrado en tu manera de ser de los usos y costumbres del País Vasco? ¿Cómo fue tu educación sueca? ¿En que modo y hasta qué punto crees que recibiste una buena educación para hacer frente a la vida tal y como luego se te ha presentado? Educar, —que significa conducir—, supone que el educador cree que tiene una idea más o menos clara de “qué es vivir” o de qué es “una buena vida”: ¿Tus educadores, qué idea tenían de lo que es una buena vida? ¿Qué respuesta te darías, con lo que sabes ahora, a esa pregunta: qué es para mi una buena vida? ¿Quiénes han sido tus maestros, tus autores de referencia?


[Martin] Tuve una muy temprana exposición a España, aunque fuera indirecta, puesto que mis padres decidieron celebrar en Málaga su luna de miel —los muy golfos tuvieron a bien prolongar su estancia en la ciudad hasta tres meses—, y allí fui engendrado (mi primera señal de vida se produjo en un bar de dicha ciudad, cuando mi madre se desmayó misteriosamente mientras mi padre estaba en la barra tomándose un fino; quiero pensar que fue un buen augurio). El proyecto de mis padres en España no se reducía únicamente a engendrar hijos y tomar finos; también consistía en escribir un reportaje periodístico sobre la vida en España bajo Franco en aquella época (corría el año 1973). La experiencia les marcó y desde pequeño tuve una predisposición muy favorable hacia este país; en mi casa había muchas referencias a la cultura española, a su hermosa lengua, y a su impactante gastronomía, que aliviaba el tedio de las eternas patatas cocidas y köttbullar suecas y proporcionaba un toque olfativo y gustativo muy exótico a la humilde cocina del piso de estudiantes en el que crecí. A raíz de unas ejecuciones ordenadas por el Generalísimo —no recuerdo cuáles— me llevaron a una manifestación en las calles de Göteborg contra el régimen dictatorial, y unos días después escandalicé a mis abuelos aburguesados (menos fervorosos en sus protestas, ellos) saludándoles con las palabras “Franco asesino”. Por tanto, el día que Franco murió fue una fiesta en mi casa. Con todo esto, lo que quiero decir es que estaba más que predispuesto a amar a este país, su cultura, su lengua y su triunfal historia reciente.

Cuando se me presentó la oportunidad de estudiar la lengua en el instituto, me apliqué cuerpo y alma y descubrí que se me daba razonablemente bien. Tras un servicio militar demasiado largo para mi gusto, decidí darme un respiro de Suecia y venirme a España a estudiar la lengua un poco más en serio. Estuve dudando entre el sur y el norte, pero al final me decanté por el (para mí) desconocido norte. Procurando evitar lugares turísticos concurridos, Vitoria me pareció una interesante opción (y me sigue pareciendo un excelente lugar para vivir, veinticinco años después, dicho sea de paso).

Creo que fue la cultura sueca la que implantó en mí cierta contundencia a la hora de preservar mi autonomía personal. En el desarrollo de esta postura juegan un papel importante las ayudas económicas que el Estado presta a los estudiantes a partir los 16 años, y que les permiten no depender de las opiniones de sus padres en lo relativo a su elección de estudios. En consecuencia, la independencia económica (que es la más básica, a fin de cuentas) se produce pronto en Suecia, para bien o para mal. En algunos casos, las relaciones familiares pueden verse comprometidas, o incluso anularse por completo, debido a ese afán por reivindicar una rigurosa autonomía personal. Cuando los hijos se independizan, lo hacen a todos los efectos… El hecho de vivir en el País Vasco me ha obligado a transigir un poco más con respecto a las personas en mi entorno familiar, profesional y social; de lo contrario no habría podido llevar una vida familiar y social provechosa.

Supongo que mi educación podría calificarse de ultra-liberal. En la infancia y adolescencia tenía toda la libertad del mundo para dedicarme a mí mismo y a mis proyectos, y no existía la más mínima presión, por parte de mis educadores, de ayudar en casa o conseguir buenos resultados en la escuela. Por fortuna para mí tenía buena cabeza para los estudios y pasaba siempre de curso, aunque a veces raspando, especialmente en la adolescencia. En consecuencia, a los 15 años ya era un egoísta insoportable, inmaduro y muy intransigente con todo aquello que pudiera reducir mi libertad personal. Varias cosas me salvaron de convertirme en un gilipollas absoluto: tenía un amor intenso por la naturaleza (a los 6 años nos trasladamos a vivir en una casa a orillas del fiordo Idefjorden, lejos de cualquier atisbo de ciudad, lo cual fue maravilloso y muy estimulante para la imaginación), y contaba con unos amigos increíblemente creativos que me incitaron a interesarme por los juegos de rol y la idea de la Aventura, lo cual derivó en un incipiente interés por el montañismo y por la literatura. En resumidas cuentas, la “formación” que recibí me obligó a formar criterios propios, y un sentido de responsabilidad personal, lo cual siempre viene bien, pero no sé hacia dónde me habría podido llevar esa educación tan permisiva y laxa, si no hubiera sido por el campo y por la buena gente que conocí.

La idea de la buena vida en Suecia es, en gran medida, una vida autónoma a todos los efectos, sin constricciones ni ataduras ni condicionantes. Esa idea resulta a menudo utópica, especialmente teniendo en cuenta que el pésimo clima del país condiciona muchísimo la felicidad de sus habitantes. En eso (como en muchas otras cosas), Montesquieu tenía razón. Para mí, una buena vida es más que eso, ya que en mi experiencia los lazos afectivos de diversa índole dotan de sentido una existencia, y ni pueden desarrollarse plenamente si no cedes una buena parte de tu espacio vital a la otra parte. De mantener un control férreo sobre la autonomía de uno, la vida puede tornarse solitaria, amarga e incluso miserable.

De niño, mi padre fue una gran inspiración para mí, una especie de superhombre que era inteligente, culto, carismático, resolutivo y comprometido con la justicia y los débiles… Sin embargo, él siempre tenía sus propios proyectos y perseguía sus objetivos cayese quien cayese. Ahora, a sus setenta años, sigue poseyendo muchas de aquellas cualidades que le hacían tan admirable a mis ojos, pero tiene pocos amigos. Por otra parte, la madre de mis mejores amigos significó muchísimo para mí. Ella era fotógrafa profesional con un entusiasmo por la vida y el arte realmente singular, y se involucraba de una manera muy personal en los proyectos de sus hijos (y también en los míos). Me abrió la puerta al mundo del arte, y también me ayudó a desarrollar ciertas facultades y herramientas imaginativas y críticas que hacían del arte algo más que una imagen estática. Sin embargo, al gastar todas sus energías en este tipo de proyectos altruistas, no le quedaban apenas fuerzas para dedicar a la difícil vida del artista, y ha sufrido las consecuencias anímicas y económicas de ello. Aprendí muchas cosas de los dos, tanto por la vía positiva como por la negativa, como suele suceder.

La buena vida para mí es una vida libre y socrática, en contacto cercano con la naturaleza y sus eternas enseñanzas, en la que el trabajo intelectual y artístico se vea enriquecido por labores prácticas, y por un diálogo sostenido y sincero con amigos y familiares. Es una vida de aprendizaje constante, cuyos resultados quedan plasmados a través de diversas expresiones creativas. No creo que sea un sueño utópico aspirar a ello, aunque el estado de satisfacción y exaltación no será perpetuo, naturalmente, y es cierto que hay que saber gestionar la libertad y desarrollar las habilidades necesarias para sostener el siempre delicado equilibrio entre la autonomía personal y la riqueza de los lazos afectivos. Para ello resulta imperativo tener un profundo conocimiento de uno mismo, lo cual, a su vez, solo se consigue si uno se somete a toda clase de experiencias. Una buena educación debería fomentar esto.

Mis autores de referencia predican con el ejemplo y son capaces de combinar lo filosófico, lo espiritual y lo artístico. Tengo gustos muy variados en este sentido, pero los autores que más admiro son Henry David Thoreau, Lev Tolstoy y J.R.R. Tolkien.



2.- [Javier] Realicé un viaje que podía considerase iniciático a Suecia allá por el año 1973 y pasé en Estocolmo unos diez días en compañía de un amigo bilbaíno, profesor de violín, luthier, y licenciado en físicas que estaba realizando estudios de master en Acústica en El Real Instituto de Tecnología o Kungliga Tekniska Högskolan de Estocolmo, que fue mi iniciador en los misterios del alma sueca.

La distancia entre la sociedad sueca y la sociedad española en aquellos años era enorme, mi conocimiento de Suecia se limitaba exclusivamente a lo que me pudo aportar la obra cinematográfica de Ingmar Bergman : me fascinó la libertad sexual de que gozaban los suecos y las suecas, la política socialdemócrata de ayudas sociales y centros cívicos que mucho más tarde se implantarían en España, el gusto por lo práctico, la estética, emotiva y sin embargo contenida de la liturgia luterana a la que pude asistir en la misma catedral, en una sociedad por otro lado muy secularizada: ¿Según tu propio conocimiento cómo ha evolucionado Suecia en los últimos 40 años en materia de usos y costumbres, de sexualidad, de tendencias políticas? ¿Qué papel juega, si es que juega alguno, en la sociedad sueca, la Svenska Kirkan (Iglesia luterana) ¿Qué rastros quedan en la sociabilidad sueca de la supuesta cultura luterana de la libertad y la responsabilidad? ¿En qué medida es representativa la imagen que transmite la obra de Ingmar Bergman de la sociedad sueca?





[Martin] Hace casi un cuarto de siglo que no vivo en Suecia y ya no voy más que de vacaciones de vez en cuando. Sin embargo, mi hija mayor, que estudia en el país desde hace varios años, me ha aportado unas cuantas pistas relativas a las condiciones de vida actuales de los jóvenes suecos, que pueden servir de contraste con mis propias experiencias. Creo que la tecnología ha afectado de manera más temprana y más masiva a la sociedad sueca que a otros países; ya en el primer año del lanzamiento del i-Pad, el artilugio en cuestión fue recetado como biberón digital para los pobres críos, en casas y guarderías por igual. En consecuencia, las relaciones interpersonales, que ya de por sí eran mucho más inhibidas que en un país como España, llevan ya mucho tiempo mediatizadas por las pantallitas, lo cual ha afectado de raíz a la generación que ahora tiene 20 años. Esa gente vive de manera perpetua en una especie de tierra fronteriza entre la dimensión virtual y la real —de hecho, nacieron en ese terreno neblinoso— por lo que la aceptación social de la realidad digital como un espacio funcional y deseable (y las prácticas ligadas a ella) se ha dado antes en Suecia que en otros muchos sitios, lo cual sitúa al país en la vanguardia de la progresión cultural, social y tecnológica hacia un mundo de valores post-humanos.

En cuanto a la sexualidad, hace tiempo que se han creado espacios públicos (y nuevos pronombres neutrales recomendados para su uso en la prensa) para la reivindicación de identidades sexuales alternativas. El sexo forma parte del día a día de cualquier persona a partir de los 15-16 años, de manera natural. Esto no ha cambiado desde mis tiempos mozos… Lo que sí se ha visto es que la corrección política —tanto en referencia a la obligada celebración de identidades sexuales minoritarias como en la reivindicación militante de cualquier otro tipo de minoría— se ha vuelto un tanto rabiosa e intransigente en determinados sectores de la sociedad. Esto me parece peligroso en la medida en que se impone un discurso único y dogmático, digno del maoísta más recalcitrante de la facultad de periodismo de la Universidad de Göteborg de los 70 (lo sé por mi madre, que es periodista y se formó en dicha universidad en esa época, aunque nunca comulgó con los preceptos de Mao), que corta las voces discordantes de manera estructural y mediática. El efecto “backlash”[rebote] se está viendo en el auge de la extrema derecha y “Sverigedemokraterna se ha erigido como la segunda fuerza política en el país, lo cual es terrible.

Creo que la soledad del alma, que Bergman retrata en sus películas con tanto acierto, todavía está bastante arraigada en la sociedad sueca. Personalmente lo atribuyo a la herencia luterana que predica una relación personal e intransferible con Dios sin necesidad de intervenciones clericales, y cuya contrapartida es la ausencia de certezas absolutas de

Iglesia de Suecia. Luterana.

salvación: no puedes poner la cuenta a cero con tres avemarías recetados por el cura, ni fiarte de lo que te dice. Allá cada uno con su alma y su destino. La ética puede resultar muy hermosa para el que sepa llevarla bien y tenga la madurez suficiente para saber equilibrar la balanza entre virtudes y pecados de manera autónoma y sentirse cómodo con ello, pero puede llegar a ser bien jodida para los que no tengan ese talante tan desarrollado. Es para “mayores”, vamos — pero tampoco para todos los mayores. El Estado ha asumido la función de consuelo que antes correspondía a la Iglesia, pero los psicólogos y los psicofármacos a veces resultan insuficientes, y la falta de certezas doctrinales, introducida en el núcleo de la sociedad, puede conducir a desastres emocionales. El luteranismo no es para todos.


3.- [Javier] ¿Cómo estás llevando el aciago, pero enorme, acontecimiento de la pandemia de coronavirus y qué efectos a medio y largo plazo puede tener en Europa y en el mundo? ¿Nuestro futuro de relación vendrá marcado por una “distancia social” permanente? 4.- [Javier] El confinamiento ha dado un nuevo protagonista a las Redes y a los medios digitales ¿Crees que será duradero? ¿Qué papel están jugando en estos momentos las Redes sociales en la “conversación pública”? ¿La Nueva Normalidad será una sociedad masivamente digitalizada?


[Martin] El confinamiento lo he llevado bien, puesto que lo he pasado en un pueblo pequeño y relativamente remoto, lo cual me ha permitido llevar una vida relativamente normal. En mi opinión, la pandemia ha acelerado muchos procesos que estaban latentes en el mundo, y ha puesto de manifiesto que la tecnología y la ciencia todavía no están en condiciones de protegernos contra este tipo de amenazas biológicas tan repentinas, y posiblemente derivadas de un abuso medioambiental. Ojalá sirva para inclinar la balanza a favor de medidas institucionales más contundentes para paliar los efectos del cambio climático a nivel internacional. Por lo demás, la pandemia ha revelado las flaquezas de nuestra economía globalizada, lo cual reivindicará la importancia de la unidad político-económica nacional, y la intervención estatal en la industria y el comercio. Posiblemente sirva para crear una sociedad más justa y éticamente responsable, aunque también es terreno fértil para diversos totalitarismos, que siempre brotan con fuerza en tiempos de incertidumbre con sus gritos de guerra, “garantizando” orden y prosperidad mediante medidas “excepcionales”, justificadas por la excepcionalidad de la situación.

Ojalá me equivoque, pero creo que el proyecto europeo pende de un hilo. Se ha visto que para crear una unidad real tiene que haber un contacto directo e incluso físico entre las personas, pero la desconfianza generada por el virus ha reducido nuestra movilidad, y eso ha debilitado a la Unión. La acelerada y rampante (por obligada) digitalización de nuestra vida cotidiana nos llevará hacia una aceptación de ciertas premisas que hace poco podían considerarse del mundo de la ciencia-ficción y de las distopías, como el control de los movimientos de los ciudadanos a través de sus dispositivos digitales, y la consiguiente pérdida de autonomía. Creará una fuerte nostalgia por el mundo “perdido”, como siempre sucede en este tipo de momentos. El mundo que fue aniquilado en la Gran Guerra hace cien años, y que ha encontrado una expresión tan sugerente en mucha ficción imaginativa, es un buen ejemplo de ello. Muchos querrán asegurarse de poder disponer de espacios al aire libre, protegidos de posibles fuentes de contagio, lo cual sacudirá el mercado inmobiliario y creará un intensificado interés por las casas con terrazas, balcones, jardines, o mismamente las casas de campo. Los que no pueden permitirse eso se verán obligados a crear pequeños enclaves personales y personales con “cachos de naturaleza”, que se complementarán con una supuesta “libertad de movimientos” en la dimensión digital.


5.- [Javier] Realizaste tus estudios universitarios en Gotemburgo y ahora trabajas como profesor en la Universidad del País Vasco ¿qué piensas de la Universidad como institución? ¿Cómo es en Suecia, como es en el País Vasco? ¿Debe ser la Universidad un centro educativo, o solo un centro de estudio e investigación? ¿Qué tipo de alumno fuiste en tu época y cómo son ahora tus alumnos?


[Martin] La primera prioridad de una institución educativa que se considere digna de atribuirse el augusto y venerable apelativo de “Universidad”, debe ser la de formar individuos, y ofrecer a estas personas los cauces y herramientas (materiales e intelectuales) necesarios para desarrollar sus facultades al máximo, para que después puedan ayudar a otros a entender mejor el mundo en toda su gloriosa variedad. Por ello la Universidad nunca debe ser cortoplacista en sus proyecciones, ni su razón de ser debe ser el de “estar al servicio” de un mercado. El saber es algo intrínsecamente bueno, por lo que debe ser cultivado y enseñado independientemente de su valor cuantificadle en euros o dólares. Por poner un ejemplo, no sabemos de antemano cómo algo tan poco “útil”, desde el punto de vista económico y material, como la poesía romántica de Wordsworth puede influir en las personas, generando epifanías y puntos de inflexión que a su vez pueden dar lugar a cambios paradigmáticos en la sociedad. Un ejemplo: la lectura de la poesía de Wordsworth rescató a John Stuart Mill de una depresión juvenil, y le devolvió la confianza en el ser humano y la sociedad. Sin Wordsworth tal vez nunca se hubieran producido los brillantes y profundos y transformadores discursos parlamentarios de Mill, ni hubiese podido escribir ensayos tan rompedores como “Sobre la libertad”. Yo enseño Wordsworth no solo para que mis estudiantes —futuros profesores de lengua y literatura inglesa en su mayoría— puedan medir la métrica de una balada y transmitir a la siguiente generación las ideas básicas de su obra poética, o aprovecharlo para explicar la cadencia fonética del inglés en sus clases de expresión oral. Enseño también a Wordsworth porque es alguien que puede enseñarnos a ver el mundo desde una perspectiva diferente, enriquecer nuestra experiencia de la vida y el arte y —¿quién sabe? — tal vez convertirse en la salvación de algún genio en potencia que en lugar de suicidarse decide darle otra oportunidad a la vida y acabará cambiando el destino del mundo, para el buen provecho de la humanidad.

Pienso que en la Universidad española hay un excesivo énfasis en grados con programas académicos cerrados; los estudiantes deberían tener una mayor libertad para elegir su propia trayectoria intelectual antes de emprender un master. Por otra parte, pienso firmemente que la Universidad siempre debe combinar enseñanza e investigación. Y esto que voy a decir sonará a algo que uno suelta para quedar como un tipo humilde y enrollado, pero la experiencia me dice que los profesores podemos aprender mucho de los alumnos. Para mí, las clases presenciales me suponen una inmejorable ocasión para poner orden en mis ideas, dotarlas de una estructura narrativa, probar mis hipótesis e interpretaciones ante un público previamente expuesto a los fundamentos de la materia, y obligarme a estar preparado ante cualquier pregunta o eventualidad que pueda producirse en un aula con un ambiente de aprendizaje dinámico. La dirección de trabajos de investigación puede ser increíblemente provechosa tanto para el doctorando como para el director de la tesis; en todas siempre hay algo que abre mis ojos ante realidades previamente desconocidas, y que me hacen crecer como docente e investigador.

En general, los alumnos actuales tienen bastante mala prensa entre el profesorado universitario: “no saben nada”; “carecen de sentido crítico”; “no saben expresarse”, etc. Yo solo tengo experiencia de alumnos de filología y traducción, pero, extrapolando mis observaciones al colectivo en general, mi conclusión tentativa es que cada generación de estudiantes utiliza un lenguaje parcialmente incomprensible para la generación anterior, y es nuestra obligación como profesores aprender las particularidades del suyo para poder comunicaros adecuadamente con ellos. Y cuando digo lenguaje, estoy hablando de algo que abarca no solo expresiones idiomáticas o abreviaturas, y cosas del estilo, sino maneras de relacionarse con el mundo en un sentido más amplio. Por supuesto que tenemos que ser exigentes, pero el fondo no es lo mismo que la forma, y los profesores a veces pecamos de excesiva inflexibilidad y pedantería en nuestra manera de tratarlos.

Cada año encuentro a unas cuantas personas muy brillantes en el aula, gente que me superará con creces en un sentido u otro en el futuro, sin duda. Y esto me resulta muy reconfortante, teniendo en cuenta mis múltiples carencias académicas y comunicativas. En cuanto a mí, nunca dejé de ser estudiante, pero en mis tiempos de alumno universitario creo que me centraba demasiado en la literatura (en detrimento de la lingüística) y en lugar de luchar más activamente por superar mis prejuicios hacia determinadas asignaturas que consideraba irrelevantes, asumía una actitud más bien mercenaria y pragmática. Peor para mí; incuso en disciplinas como la gramática generativa puede haber una belleza transformadora (como bien sabía Chomsky, que tanto aportó también en otros contextos filosóficos; ayudado, sin duda, por sus conocimientos en esa materia).


6.- [Javier] En 2008, el periódico The Times clasificó a Tolkien el sexto en una lista de «Los 50 escritores británicos más grandes desde 1945». Háblame de tu tesis doctoral sobre Tolkien. ¿Qué ha representado y representa para ti la obra y la vida de Tolkien?



[Martin] Decidí hacer una tesis doctoral sobre el diálogo entre diferentes géneros literarios en El Señor de los Anillos, porque intuía que me iba a proporcionar conocimientos no solo de la obra de Tolkien, sino que también de las tradiciones narrativas que han reflejado y conformado la civilización europea desde los tiempos de la Antigüedad Clásica. En mi tesis sitúo a Tolkien en un contexto modernista y comparo su técnica narrativa —en la que van configurando cronotopos en los que diferentes géneros literarios dialogan e interrogan los límites de los demás— con la de autores como James Joyce y T.S. Eliot, que también incorporaban el vasto corpus literario y cultural del Occidente en obras enciclopédicas como Ulises o La tierra baldía, pero en lugar de proporcionar un diálogo entre las diferentes tradiciones se veían obligados a recurrir a los inevitables choques irónicos (producidos por la solemnidad del discurso antiguo en yuxtaposición a la sordidez y banalidad del lenguaje moderno). Tolkien, al situar su historia en un mundo inventado, crea un vasto tapiz literario capaz de albergar un diálogo más fluido, sin efectos irónicos. Por decirlo de una manera más llana: un hobbit prosaico como Pippin es capaz de hablar con Denethor, el senescal de Gondor, sin que los intentos de adaptarse el uno al otro resulten absurdamente cómicos (Peter Jackson, en cambio, explotó esa comicidad en su adaptación, que a ratos roza un tono parecido al que se da en Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python). Tolkien creó un género literario nuevo e hizo algo que ningún modernista había conseguido. Es un genio cuya obra magna, durante mucho tiempo, sufrió el ostracismo de un entorno académico con un criterio crítico formado por la “New Criticism”, cuya vara de medir se basaba en la supremacía de los preceptos modernistas convencionales. Yo quería entender más a fondo la dinámica de esa obra tan sui generis, y de paso aprender más sobre las características formales de las tradiciones narrativas antiguas.

Tolkien es para mí —y para muchos— un romántico muy hardcore en pleno siglo XX; un tipo que sufrió en sus carnes los efectos devastadores de la Primera Guerra Mundial, pero encontró en la filología (y en especial en el estudio evolutivo de las lenguas antiguas y sus expresiones literarias), una conexión con la realidad más elevada del arte y, por ende, en su concepción de las cosas, de Dios. Dio forma a su visión de la tradición cultural del occidente, su historia y arte narrativo, sus lenguas y mitos, de una manera sublime. Su amigo C.S. Lewis calificó la obra de “un rayo de un cielo claro” y estoy de acuerdo. Es un ejemplo muy inspirador de cómo la genialidad individual —labrada, ponderada y expresada a lo largo de muchos años— es capaz de encontrar un lugar natural en la tradición, pese a ser algo totalmente nuevo. Es un ejemplo perfecto de la relación entre “la tradición y el talento individual”, como diría T.S. Eliot; una obra nueva y original que modifica la tradición precedente por su repentina y sorpresiva aparición. De la misma manera en que no podemos leer la Odisea de Homero con los mismos ojos después de conocer la existencia de Ulises de James Joyce, poemas narrativos como la Saga de los Volsungs o Beowulf se han visto alterados para siempre por la irrupción de El Hobbit y El Señor de los Anillos en la tradición literaria.



7.- [Javier] En su Carta n.º 142, Tolkien reconoció que: «El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica», lo que es congruente con el punto de vista que desarrolló también en su poema «Mitopoeia»: los mitos contienen ciertas «verdades fundamentales» ¿Compartes este juicio? ¿Has apreciado esas concordancias narrativas entre El Señor de los Anillos y el catolicismo-romano? ¿Cuál es tu personaje favorito en el Señor de los Anillos? ¿Por qué?



[Martin] Tanto los cuentos populares como los mitos contienen verdades perennes sobre la condición humana, sin duda. Como diría C.S. Lewis, el mito es como una llave maestra que puede abrir cualquier puerta. Es moldeable y flexible, pero no pierde su esencia, y la constante renovación y transformación de los antiguos mitos, que encuentran nuevas expresiones y formas en cada época, demuestra que pensadores tan diversos como Freud, Frazer, Propp, Jung, Campbell y los mitocríticos franceses tenían razón. A nivel narrativo, proporcionan estructuras básicas para muchas historias, cuya expresión varía en función del talante del narrador.

A Tolkien le “disgustaba cordialmente” la alegoría, tal y como revela en su prefacio de la segunda edición de El Señor de los Anillos, y consideraba “fatal” para una buena historia la inclusión de referencias religiosas demasiado obvias (por eso Las Crónicas de Narnia, la obra más famosa y celebrada de su mejor amigo, C.S. Lewis, le parecía mala literatura. Él prefería la aplicabilidad, que en lugar de comprometer la libertad del lector, guiándole hacia una interpretación intencionada, permite una lectura más libre.

El elemento cristiano en la obra de Tolkien se percibe en su convicción (declarada) de que no puede haber una historia interesante sin una Caída (por consiguiente, para potenciar su legendarium, Tolkien mete una doble dosis; la del Vala Melkor y la del Elfo Fëanor), y en la figura de Gandalf como un ángel (también reconocida por Tolkien), cuya función principal es alentar a los pueblos libres en su lucha contra al Mal; pero no debe tomar las decisiones por los mortales para salvaguardar el libre albedrío. En cuanto a la presencia de elementos explícitamente católicos, se nota en la concepción tolkieniana de la Historia y la naturaleza, y más específicamente en la idea de que la dignidad, la integridad y la belleza del mundo natural quedarán restauradas con la progresión del tiempo. Esta concepción se fundamenta en las teorías de Santo Tomás de Aquino, quien postula en obras como Summa Theologiae y Summa Contra Gentiles que Dios está en todas las cosas de un modo congenial a ellas, y que por ello están predestinadas a alcanzar su plenitud con el paso del tiempo.

Es imposible hablar de un solo personaje favorito en una obra que compite con Guerra y Paz por ver qué obra es capaz de meter más personajes interesantes, pero, puestos a decir algo, me parece que la lucha interna de Boromir es la más humana de todas, mientras que Gandalf y Galadriel me resultan más fascinantes, y Sam es el más entrañable.


8.- [Javier] En un artículo tuyo de 2019 reseñando el libro Tolkien y la Gran Guerra. El origen de la Tierra Media de John Garth, señalabas la influencia que tuvo en la psicología de Tolkien su paso por el frente del Somme en la I Guerra Mundial. ¿Cuál es la ética narrativa de la obra de Tolkien? ¿Cómo logra dar consistencia e inteligibilidad a un Mundo tan repleto de fantasía y sin embargo tan humano? ¿Cuál es leiv motiv de su obra? ¿Cómo te explicas su éxito?


[Martin] El propio Tolkien señala que la Gran Guerra desarrolló su gusto por los cuentos de hadas y lo llevó a su plenitud. Fue una experiencia relativamente común; el mundo troglodita de las trincheras era tan extraño y ajeno a la realidad británica de la que venían que provocó una intensa sensación de que el pasado estaba vivo en el presente, tal y como afirman muchos poetas y veteranos en sus memorias, como Siegfried Sassoon y David Jones. En consecuencia, muchos soldados echaron mano de antiguas leyendas, mitos, relatos de caballería y novelas pseudo-medievales (las de William Morris eran especialmente populares) para dotar a esta extraña experiencia de una estructura inteligible (no en vano, algunos autores consideran que estas condiciones supusieron un empujón definitivo para el modernismo literario británico y su famoso precepto de que el pasado y el presente existían en u