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Diccionario subjetivo: Libido




Libido: Sexo, deseo, pulsión, atracción...


La libido juega un papel importante en mis cuatro novelas; en las protagonizadas por la comisaria de la Ertzaintza, Felicidad Olaizola, y también en la que protagoniza Aurelio Torres; la libido es un leitmotiv literario tanto desde el punto de vista de criminológico como explicación motivacional de las conductas de algunos personajes.


Desde Freud al menos no podemos ignorar la fuerza determinante que tiene la gestión de nuestras pulsiones sexuales; para Sigmund Freud y Carl Gustav Jung la libido sexual es no solo una pulsión física de origen hormonal sino que que también energía psíquica, y una energía mental indeterminada que mueve el desarrollo personal general de un individuo (Jung).


No es casualidad por tanto que existan multitud de novelas en las que se reconoce la fuerza física y psíquica de la libido, esa extraña fuerza que comienza a latir en nosotros en el momento mismo de nuestro nacimiento y no cesa hasta que rendimos nuestro último suspiro.





Vanesa Larguiñano: personaje de Brocheta de carne.

"Desde siempre se dio cuenta del enorme poder del sexo.

Es decir, del enorme poder de su sexo, envuelto en aquellas lencerías que tanto le gustaban. Aquel magnetismo capaz de atraer y someter a los hombres. Que otras buscaran su realización en el trabajo, en la creación de una familia, no tenía objeciones , a fin de cuentas era necesario para el bien general, pero que le dejaran a ella vivir para el sexo. “No hay nada mejor, todos los otros placeres son una vaga aproximación al placer sexual”. Todo en Vanesa respiraba sexo: su piel morena, sus largas piernas, su sedoso pelo, su blanca sonrisa, sus tiernos y carnosos labios, sus espesas pestañas...,hasta el olor dulzón y pegajoso de sus axilas. Nunca había sentido vergüenza o culpabilidad respecto de su cuerpo y su inagotable capacidad de disfrutar con él. La fugacidad del placer no era causa de lúgubres reflexiones o de complicadas consideraciones metafísicas, ni siquiera los riesgos siempre presentes en la promiscuidad le disuadían de su vocación hedonista. Lo decía muchas veces, y lo decía sin vergüenza: sentía la sexualidad con la inocente naturalidad de una yegua. Ella misma se daba cuenta de la diferente actitud con la que otras afrontaban la cuestión. No le costaba entenderlo; ella entendía muy bien a los demás y respetaba sus decisiones, pero le irritaba la pretensión de los otros, de hacer obligatoria su visión de las cosas, como si no fuera posible otra. Como si no hubiera otras maneras de entender la vida. "No sé por qué hay gente que se enfada tanto porque los demás queremos vivir la vida a nuestra manera".


Ardhanarishivara.- Personificación andrógina del dios Shiva. Aparece en la decoración del club lésbico Shiva del que Felicidad es fundadora.



“En uno de los lados, una pista de baile en forma de medio círculo resplandecía una figura erguida de Shiva, en su invocación andrógina “Ardhanarishivara”, indolentemente apoyada sobre un toro, dejando caer una de sus cuatro manos sobre la frente del animal, alzando con uno de sus brazos izquierdos una copa mientras con el otro se sujetaba su único y bien conformado seno, en un gesto de ofrecimiento sexual. El otro brazo derecho levantaba un cetro en forma de falo. La imagen resplandecía con un blanco marfileño, casi lunar, a causa de la luz polarizada.” (Brocheta de carne)


Uliana Gorenko.- Call girl, rusa, enamorada de Luis Raymond. (Buenos chicos). Se conocieron en el Nigth Fligth Club de la calle Tverskaia, en Moscú.

“Uliana no era ya la inocente joven del KOMSOMOL que fue. Uliana era en ese momento una mujer de veintinueve años, con un rostro y un cuerpo hermosos que le habían permitido vivir una vida muy distinta de aquella a la que estaba destinada como veterinaria en un koljós. Su belleza era delicada, la palidez de su piel, el azul grisáceo de sus ojos y la blancura de su sonrisa le daban un aire virginal de madona eslava que no permitía sospechar las noches de vodka y sexo que había vivido en Moscú durante los últimos años”. (As de Espadas)


Hermione. -personaje de El síndrome de Nietzsche *

"El sólo hecho de imaginarme a Reginald Specter mirándome mientras yo fornicaba con la hermosa Hermione hizo que mi libido se esfumara y mi enhiesto cetro sufrió un lamentable bajonazo. Mr. Specter con sus ojos acuosos, y aquella piel con un ligero toque porcino eran incompatibles con cualquier alegría lujuriosa. Llegó Hermione caminando lentamente, como si estuviera desfilando por una pasarela. Había abandonado los ajustados pantalones de pana y en ese momento se cubría con un precioso vestido de seda blanco, con la falda acampanada, sin tirantes, con una faja negra que ceñía su cintura y resaltaba sus senos. Impresionante. Mi carne se volvió a “levantar en armas”. Muchos me consideraréis un cabrón o un bellaco. Quizá con razón.Es verdad que no soy un enemigo compasivo. No aguanto ya gilipolleces, no simpatizo con facilidad. La vida me ha endurecido. He hecho cosas que la gente dice reprobar - pero ha sido para no perderme y no morir de asco. Asumo lo que he hecho y lo que soy, del mismo modo que asumo las cabronadas y miserias de los demás. En mi descargo puedo jurar que todavía hoy, cuando contemplo la belleza de una mujer -y de alguna manera todas son hermosas- experimento una alegría animal, expansiva y confiada. No es lujuria. Es una una gratitud que me redime de la pésima opinión que tengo del ser humano y de mí mismo. Es algo que se parece a la bondad. Mi miembro viril volvió a palpitar como tierra volcánica bajo la que hierve la lava. —¿Habéis terminado con el whisky? —dijo ella- ... podemos pasar al comedor. Todo está preparado. —Si me lo permites... -dije animado por el alcohol- te diré que estás preciosa. —Merci, tu es très aimable...




Eloísa.- personaje de La inocencia del asesino.


"...pero ella era una Mendoza, una mujer fuerte que sabía disfrutar, sin ridículos escrúpulos, de todo el placer que le correspondía, había aprendido a no gimotear por las pérdidas, los dolores o los fracasos. Detestaba la autocompasión. Cuando su padre dejara este mundo, tendría que hacerse responsable de una empresa en la que se enredaban muchos intereses, algunos no completamente lícitos; una empresa que llevaba el apellido familiar y de la que dependían muchas personas, una empresa que había sabido resistir crisis económicas, tensiones sindicales, problemas legales e ilegales; también Antón Mendoza, como otros, había sufrido la extorsión del siniestro impuesto revolucionario. Muchos habían pagado, se habían sometido; no les juzgaba, a nadie se le puede exigir ser un héroe, pero su padre no había agachado la cabeza. Ante la amenaza y la extorsión había mostrado lo mejor de sí mismo: habilidad política, astucia negociadora y coraje personal para no pagar y al mismo tiempo no salir huyendo. No le había salido gratis; desde entonces —como tantos otros —se había visto obligado a llevar guardaespaldas. Dos. Uno de ellos velaba en el pasillo de la clínica. Su hija, Eloísa pegada al lecho de su padre, contemplaba resignada el cuerpo encamado de su padre, miró el reloj y no pudo evitar una sonrisa; tenía una cita, no era una cita de amor, era al mucho mejor. No necesitaba amor, sí placer, un placer que le hiciera sentir intensamente la vida. El sexo es una de las pocas actividades excepcionalmente placenteras a las que los seres humanos tenemos acceso en este mundo y quizá por eso, pensaba, el Demiurgo, estúpido y maligno, lo había rodeado de toda clase de dificultades, trufado de peligros emocionales, angustias afectivas, oprobio social, enfermedades venéreas; pero grande es la recompensa que promete, porque a pesar de todo nos arriesgamos, nos atrevemos, nos jugamos la respetabilidad, la autoestima e incluso la salud para disfrutarlo y esa abisal atracción es la prueba de que encierra algún secreto divino, quizá por eso su jaculatoria sexual preferida era una expresión de asombro y rendición que le brotaba de los labios ante ese placer que la redimía de las pequeñeces de la existencia: «¡Dios mío¡»


* El síndrome de Nietzsche. (en primera edición Mamá ha muerto)



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©2018 por Javier Otaola.