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Sajalín, por Maria Luisa Martínez




 

Seguramente os pasa también a vosotros. Cuando fortuitamente me encuentro con una serie de conexiones llegadas a mí por distintas vías, invariablemente me desencadena una enorme curiosidad intelectual. Es como si me viera en la necesidad de tirar de un hilo que se me ha puesto entre las manos. Todo parece estar entrelazado.

Recientemente me ha ocurrido con la isla de Sajalín. Nunca me había parado a pensar en esa isla remota entre Siberia y Hokkaido, la más septentrional de las islas japonesas. Sajalín es una isla extremamente alargada y estrecha, situada en el Mar de Ojosks.

 

Estaba leyendo a Murakami transcribiendo pasajes de Antón Chejov narrando su viaje a Sajalín, y de inmediato me acordé de la reciente lectura de su biografía, escrita por Irene Némirovsky, cuya referencia a ese viaje, había pasado por alto.

En el primero de los tres libros que componen la novela 1Q84 (2009) de Haruki Murakami, Tengo, uno de los protagonistas, lee en voz alta para acompañar el sueño de Fukaeri, algunos pasajes del viaje de Chejov al extremo oriente de Rusia en 1890 que recogió en su libro La isla de SajalínTengo, abre el libro por el momento en que Chejov está describiendo los paisajes de la taiga siberiana, y las características antropológicas y hábitos de los Guiliakos, la tribu autóctona de la isla. Todo es extraño y distópico, como lo es la propia novela de Murakami, una novela de fantasía, con dos mundos paralelos en la que, como trasfondo, aborda la dicotomía entre voluntad y destino.

 

Nadie sabe a ciencia cierta por qué Antón Chéjov realizó un viaje tan estrafalario — a decir de Némirovsky— a esas tierras remotas y duras, a esa isla maldita, toda ella un gigantesco penal. Lo cierto es que no fue un viaje de impulso, antes de su partida se documentó bien, leyendo a los exploradores rusos, estudios de botánica y geología, de derecho, mapas, etc.

La vida de Chéjov (1946) de Irene Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz,1942), única biografía de la escritora ruso-francesa es deliciosa por su tono personal y cálido, por la precisión en el retrato psicológico de su escritor más admirado. Vuelvo al capítulo 22, el que dedica a la penosa travesía hasta llegar a Sajalín para conocer de primera mano la situación de miseria en el que estaban sumidos la mayoría de sus habitantes, también los carceleros.

En el libro, nos dice Némirovsky, Chejov se esfuerza por mantener la calma, narra con fría lucidez cómo muchos perdían la razón o morían, los castigos físicos eran constantes, los niños tenían la mirada vacía…






 

¿Por qué hace Chejov ese viaje? ¿Qué buscaba? ¿Qué significado tiene?

 

Tomando este extraño viaje como metáfora, la primera respuesta que podríamos dar es que aquel fue un viaje iniciático, no a cualquier lugar hermoso, sino al mismo corazón de las tinieblas ruso, para ir al encuentro de la verdad.

El suyo no fue el Grand Tour que estaba por entonces de moda entre la aristocracia y la burguesía europea, tampoco buscaba nuevos estímulos y vivencias para nutrir sus narraciones, Chejov se había marcado una misión.

Era ya un escritor de fama, a pesar de sus origines humildes amaba los placeres y como médico, sabía que su enfermedad avanzaba de manera inexorable y que su vida no sería larga. Es precisamente en ese umbral de su existencia, cuando la lucidez acude al corazón, que Chejov abandona su comodidad para realizar un duro viaje de 82 días, en carruajes, andando y a caballo, hasta alcanzar su destino en el confín de Rusia y encontrar ese laberinto y ese caos donde, del mismo modo que podía encontrarse, podía perderse.

 



El viaje a Sajalín fue un compromiso que Chejov estableció consigo mismo, el más fuerte de los que se pueda haber. Era médico, pero su fama como escritor le había alejado de la práctica y sentía estar en deuda con su juramento, de hecho, escribe a su editor que “se había portado como un cerdo” con la medicina. Pero, por más que allí atendiera a algún enfermo, su objetivo no era establecerse y cuidar a esos desdichados –como frecuentemente se les llamaba-, lo que quería era saber, testimoniar lo que allí estaba ocurriendo, desvelar una realidad atroz escasamente conocida por el resto de Rusia. Para ello se sirve del método científico, y con tesón y perseverancia visita cada cárcel, cada celda, cada casa, componiendo un censo con fichas estadísticas de cada individuo: nombre, sexo, edad, lugar de origen, estado civil, delito, nivel de estudios, ¿cuándos años hace que llegó Ud a Sajalín?… Salvo a los presos políticos, cuyas visitas le fueron prohibidas. Ese censo, que no se traslada al libro, le servía de excusa para recorrerlo todo, para verlo todo, y entrar en conversación… para saber.

 

Lo que Chejov halló en Sajalín debió estar por encima de lo esperado, su espíritu quedó enfermo y, sin embargo, no se apresuró a olvidarlo para seguir con su vida, sino que lo plasmo en un libro que le costó mucho escribir, cinco años de trabajo. En él da publicidad y testimonio del desastre humanitario que se estaba produciendo. Era la isla del penal, que todos conocían vagamente, pero sobre la que pocos querían saber demasiado. Némirovsky dice:

Creyó que si describía esas torturas con la mayor calma posible, sin pasión partidaria, impresionaría la imaginación de los lectores con más fuerza que indignándose y tomando partido violentamente contra los verdugos. Pero el público leyó, se estremeció moderadamente y olvido enseguida lo que había leído.





En efecto, el libro, que incluye datos precisos, que proporciona una nutrida información de todo orden: etnográfico, administrativo, jurídico, geográfico, etc. sobre Sajalín, es más que literatura, un ensayo que aún hoy, sigue siendo valioso para historiadores, antropólogos e investigadores en general.

En su libro Antón Chejov evita cargar los adjetivos, evita toda superioridad moral.

Chejov hizo el viaje a Sajalín para aprender, saber y conocer, para publicar y divulgar una realidad ignorada, al modo de un cronista o un fotógrafo de guerra, en un doble compromiso personal y social. Personal, porque se lo impone su conciencia, para devolver algo de la deuda colectiva que él creía contraída con los olvidados, hacia la sociedad, porque trata de despertar a una comunidad que les da la espalda.



Por eso además de viajar deja un libro. La memoria es inestable y evanescente, sin embargo, los libros pueden ser recuperados y releídos, pasan de mano en mano, pesan. Su poder de conmover permanece intacto y por más que Chejov se empeña en adoptar un tono quirúrgico, autoprotector, la compasión y el humanismo vibran en sus páginas.

 

«Lamento no ser un sentimental,» escribe Chejov a su editor, «sino le diría que todos nosotros deberíamos ir en peregrinación a lugares como Sajalín (…) Hemos dejado que millones de hombres su pudran en la prisión, hemos hecho que se pudran en vano, sin razón, bárbaramente, les hemos obligado a recorrer miles de vestas en medio del frio, cargados de cadenas, hemos hecho que se contagien de sífilis, los hemos corrompido, hemos multiplicado los delincuentes y de todo esto echamos la culpa a los carceleros borrachos de nariz roja. En la actualidad, toda la Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros sino de cada uno de nosotros; pero todo esto no nos interesa».

 

Sajalín es útil, repetía Chejov.

 

Fue útil. La publicación del libro Ostrov Sajalin, en 1895 causó revuelo en Rusia. Los hechos escandalosos que relataban hicieron que se abriera una investigación oficial, pero, sobre todo, consiguió el objetivo de que la opinión publica hablara de ello, fijara su atención sobre Sajalín. Pronto fueron mejorando las condiciones y algunas de las prácticas más crueles, sobre todo los castigos corporales, se erradicaron.

 

Nueve años después de publicar el libro, con 44 años, Antón Chejov murió de tuberculosis, acompañado de su mujer, en un pequeño balneario junto a Basilea, entre la gloria y el desencanto.

Maria Luisa Martínez


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