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Nuestra desnuda y común humanidad, por Javier Otaola










JAVIER OTAOLA Abogado y escritor Miércoles, 6 abril 2022, 00:06


EL CORREO 1

El siglo XX, con sus dos guerras mundiales, fue testigo de las dos más grandes y crueles violencias identitarias: la identidad racial del nacional-socialismo y Auschwitz y la identidad de Clase (así con mayúscula) del comunismo soviético y del Gulag.

En 1948, aterrados por nuestra propia barbarie y los poderes de destrucción que habíamos creado, quisimos reencontrar algún tipo de fundamento para una protección, una identidad de nuestra común humanidad que fuera capaz de aglutinar a todos los seres humanos en torno a unos valores mínimos pero esenciales, y nos convocamos bajo los auspicios de Naciones Unidas para formular una Declaración Universal de los Derechos Humanos que fuera obligatoria para todos los poderes de la Tierra y exorcizara los horrores del pasado...

Pero en un momento de Guerra Fría y tensiones coloniales no fuimos capaces de articular un tratado universal obligatorio para todos y nos limitamos a una declaración y descubrimos, al definir el preámbulo de esos derechos, que en realidad los seres humanos seguimos fragmentados en múltiples y contradictorias identidades y que no compartíamos apenas ningún valor que arraigara en nuestra desnuda y común humanidad sobre el que construir la Declaración Universal de Derechos Humanos.




No sabíamos por qué debían reconocerse y garantizarse esos derechos por el mero hecho de compartir nuestra humana condición. No había ya ni Dios, ni tradición, ni principio, ni verdad moral compartida entre todos, vinculante para todas las tradiciones y culturas; todavía no había escrito Huntington su 'Choque de Civilizaciones', pero ya vivíamos en la Guerra Fría y el mundo estaba muy dividido: el primer mundo capitalista y democrático; el segundo, a su vez dividido entre el comunismo soviético y el comunismo chino; el tercer mundo, con las tradiciones tribales de África, el mundo del islam con su cosmovisión totalizadora y sus violentas divisiones históricas entre suníes y chiíes.




Para fundamentar la Declaración Universal tuvimos que recurrir al sentimiento más antiguo, ese que nos acompaña desde el principio de los tiempos: el miedo -padre de tantas cosas-, el miedo a esa barbarie que siempre nos acecha y el miedo a las explosiones de violencia que esa barbarie puede suscitar multiplicándose a sí misma.

Así dice el preámbulo de la Declaración: «Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la Humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias (...)».

La impensable guerra de Ucrania y la criminal matanza y asesinato de cientos de civiles indefensos en Bucha nos confrontan de nuevo con una barbarie en una escala y con una brutalidad que pensábamos imposible en Europa en este siglo XXI; aparecen de nuevo las viejas identidades asesinas en nombre de las cuales tanta sangre hemos derramado. Amartya Sen, en su luminoso libro 'Identidades y violencia. La ilusión del destino', ya nos previene de la ambigüedad de los sentimientos de identidad: «El sentido de identidad puede ser fuente no solo de orgullo y alegría, sino también de fuerza y confianza (...). Y, sin embargo, la identidad también puede matar, y matar desenfrenadamente. (...) El sentido de identidad puede contribuir en gran medida a la firmeza y la calidez de nuestras relaciones con otros, como los vecinos, los miembros de la comunidad, los conciudadanos o los creyentes de una misma religión. El hecho de concentrarnos en identidades particulares puede enriquecer nuestros lazos y llevarnos a hacer muchas cosas por los demás; asimismo, puede ayudarnos a ir más allá de nuestras egocéntricas vidas».

Y estamos viendo cómo en Ucrania, de nuevo en nombre de una supuesta y mitológica «identidad rusa», surge una ilusión de destino común que justifica toda violencia y que personajes como Putin míticamente remontan hasta Vladímir de Kiev. Partiendo de la barbaridad misma de toda guerra, los países civilizados han tratado de establecer límites jurídicos recogidos en los Convenios de Ginebra (1949) y sus protocolos adicionales (1977). Los primeros han sido ratificados por todos los países de Naciones Unidas y deben ser respetados tanto por las fuerzas gubernamentales como por grupos armados no estatales, y su violación conlleva la búsqueda y el enjuiciamiento de los autores. Ese Derecho Internacional no se aplica tan fácilmente como el Derecho interno y está sometido a los condicionantes de la geopolítica, pero jerarcas más grandes y poderosos se han visto enfrentados a los tribunales por estos crímenes de guerra.


Putin puede ser el siguiente.


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